El mundo gira, los días pasan, la vida sigue su curso. 2008, sin duda, está siendo un gran año para aquellos que de verdad creemos en la libertad y la democracia en América Latina. Después del “empate técnico” en Bolivia y la victoria en Guayaquil del pasado septiembre (que demostraba la evidente división nacional del Ecuador), ahora le ha tocado el turno al zarpazo venezolano. Nuevamente los pueblos vivos de América Latina han sabido estar a la altura de las circunstancias históricas por las que transitan, dándole la espalda a eso que algunos se han empeñado en llamar el “Socialismo del siglo XXI”, como si por cambiar de siglo alguna cosa pudiese realmente cambiar en esa ideología totalitaria, liberticida y desestabilizadora.
Hoy es un buen día, como digo, para los amantes de la libertad y la democracia. La mancha azul se expande imparable por Venezuela. De 22 estados en litigio, un total de cinco (sin rimas, por favor, no ofendan a mi moral) han caído en manos de los candidatos de oposición al tirano Chavista. Cinco estados, sobre decirlo, de los más poblados del país, amen de ser estratégicamente claves en el sistema productivo nacional. Todo un mazazo para las aspiraciones dictatoriales del Caudillo de Miraflores.
Eso sí, también hay que decirlo, en donde hemos ganado los opositores, sólo en un estado (Nueva Esparta) hemos conseguido superar el 55% del voto emitido, siendo, además, el único estado donde hemos conseguido obtener una ventaja electoral superior a los diez puntos porcentuales respecto del candidato oficialista. De los restantes estados donde hemos conseguido salir victoriosos, dos de ellos, de los que nos sentimos especialmente orgullosos (Zulia y Miranda), apenas si los conseguimos ganar por algo menos de seis puntos porcentuales, y los otros dos restantes (Táchira y Carabobo) por unas diferencias tan mínimas que hasta última hora de la madrugada venezolana no se pudo saber de que lado caería definitivamente la gobernación. En cualquier caso, incluso en aquel estado donde hemos arrasado, el candidato chavista no ha sacado menos de un 41% del voto emitido.
Y eso sin nombrar lo que ha ocurrido en aquellos lugares donde hemos perdido las respectivas gobernaciones. Ya lo comentó el Tirano en su comparecencia ante los medios en la noche de ayer, pero no está de más recordarlo. En dos de estos estados hemos perdido por una diferencia de entre cero y diez puntos, nunca inferior a cinco. En siete estados más lo hemos hecho por una diferencia de entre diez y veinte puntos porcentuales. En otros cinco la diferencia ha estado entre los veinte y los treinta puntos, aunque, siendo sinceros, en realidad todos ellos tenían un margen mínimo del 28%. Por último, en los tres estados restantes se han llegado a superar los treinta puntos de margen entre ellos y nosotros. Además, en diez de estos rincones nuestro candidato más votado (pues en algunos casos íbamos divididos) se ha quedado por debajo del 40% del voto, con porcentajes de entre el 10 y el 30% en no pocos de ellos.
Todo esto hace, en suma, que, según las proyecciones que se vienen barajando por los diferentes medios y partidos políticos, el voto por los candidatos del dictador de Miraflores oscile entre los cinco millones trescientos mil (5.300.000) y los seis millones (6.000.000), mientras los nuestros, en las proyecciones más optimistas, no superan en ningún caso los cuatro millones trescientos mil (4.300.000).
Lo que se demuestra con estos datos, al fin y al cabo, es lo que muchos hace ya bastante tiempo que venimos sabiendo: que el chavismo ha tocado techo. Nuestra masa electoral, en cambio, se mantiene al alza. Y no porque seamos o no capaces de crecer en número de votos, que eso al fin y al cabo es secundario, sino por la tremenda variabilidad de nuestro electorado. Lo mismo movilizamos a los estudiantes de las universidades privadas para un referéndum, que a los ciudadanos de Caracas y sus zonas de influencia, acosados por el hampa, para unas elecciones regionales. Lo mismo movemos a una clase media asustada ante la posibilidad de perder sus coches y casas con el comunismo que se quería implantar tras el pasado dos de Diciembre, que a ciudadanos desencantados con el quehacer oficialista en unos determinados estados y municipios otrora en manos del chavismo y que han visto estas elecciones regionales como “agua de mayo”.
No crecemos en número de votos, incluso perdemos según parecen indicar todas las proyecciones, seguimos moviéndonos en márgenes de entre un 60 y un 65% de apoyo popular y electoral a las políticas del tirano, pero sabemos que en una de estas, más temprano que tarde, todos esos factores, estudiantes y clases medias asustadas, ciudadanos compungidos por la inseguridad y votantes hastiados por el mal hacer de sus dirigentes oficialistas, convergerán por fin en nuestro proyecto y conseguiremos acabar con esta obscura pesadilla social-fascista-neo-comunista. ¡Que nadie piense que los cuatro millones de votantes opositores que ayer ejercieron de manera sabia su deber, son esos mismos cuatro millones de venezolanos que brindaron con champán francés y vino español cuando la renuncia voluntaria del caudillo en abril de 2002!, ¡Que nadie piense que son los mismos! El crecimiento es imparable.
Pero además, es que nada de esto debe tener la más mínima importancia. Al fin y al cabo, a diferencia de otras consultas pasadas, lo que se votaba no era la elección, reelección o continuidad del dictador, sino el reparto de la tarta de poder a nivel local y regional. Y aquí es donde realmente nos hemos hecho fuertes; fuertes en eso que ahora se llama la geometría del poder.
El primer dato importante es que hemos pasado de ganar dos estado en las pasadas elecciones regionales de 2004, a ganar cinco en las actuales. Que no nos quieran ahora vender la moto de que ciertos estados ganados por el chavismo en 2004 habían pasado a lo largo de la legislatura a manos de la oposición, que eso no hay quien se lo crea. Los votos son los votos, y se vota por proyectos políticos, no por personas. En 2004 los ciudadanos de algunos de estos estados votaron por el chavismo liberticida, hoy han votado por la democrática oposición. Poco importa incluso que en algunos casos los candidatos otrora chavistas hoy lo fuesen de la oposición. Además hemos conseguido ganar dos estados que están fuera de toda duda: el estado Miranda y el estado Táchira. En este último con un espectacular vuelco respecto de los anteriores comicios que bien pudiera adelantar la tónica general que seguirá todo el país en las próximas elecciones presidenciales. Ahora somos más fuertes que nunca antes (en estos diez últimos años de pesadilla roja-rojita, se entiende), controlamos el poder en casi todos los grandes estados según población, toda el área de influencia Caraqueña, y, lo que más nos gusta, los puntos estratégicos en cuanto a economía y sistema productivo se refiere: el Zulia con su petróleo y Carabobo con su puerto. Lástima que aún hoy esto no signifique poder controlar directamente el acceso a esos recursos, pues, en caso contrario, probablemente nos daríamos plenamente por satisfechos, e incluso podríamos ablandar nuestros modos en la oposición, pero todo se andará, para algo tenemos cuatro largos años por delante.
Eso sí, con estos resultados ya podemos empezar a construir nuestra propia media luna, caballo de lanza contra el gobierno que los medios internacionales puedan vender al mundo como la representante de “media Venezuela”. ¿Es o no es un gran triunfo tal hecho? Lo dicho, avanzamos imparables.
Pero, sin duda, si sentimos especial alegría por alguna de tales victorias, como se pudo demostrar por los gritos de júbilo que algunos periodistas emitieron en plena sala a medida que el CNE iba haciendo públicos los resultados, es, sin duda, por nuestra victoria en el estado Miranda. Y es que, hemos de decirlo, no es fácil logra sacar ganador a un personaje con el pasado político de nuestro candidato allí. No sabemos bien quién fue el que apostó por esa carta, pero le ha salido redonda. No sólo hemos ganado el estado, algo ya de por sí maravilloso, sino, lo que es más importante, hemos demostrado que el asalto violento a embajadas extranjeras en pleno golpe de estado fascista, no es algo de lo cual uno tengo que arrepentirse, pues no empaña en absoluto el talante liberal y democrático de la persona en cuestión. Así lo ha reconocido el pueblo, un pueblo que es soberano, respetuoso, sabio y democrático cuando vota por los nuestros.
La otra gran alegría, como ya sabrán, nos la hemos llevado con nuestra victoria en el Distrito Capital-Alcaldía Metropolitana. Después de cuatro largos años en manos del oficialismo tiránico, por fin vuelve a nuestras manos lo que nunca, en verdad, hubo dejado de ser nuestro para nuestras consciencias. El control de las fuerzas de orden público en un lugar tan señalado del país, como ya vimos, puede llegar a ser clave en según que momentos y para según que circunstancias. Era demasiado doloroso renunciar al control de tal arma de presión y acción política directa sobre Miraflores y su entorno. Pero ya el mal trago pasó, y nuevas expectativas de “movimientos populares” se abren ante nuestros ojos. Por fin podremos luchar nuevamente contra el hampa. Pero no el hampa que mata a los hijos e hijas de trabajadores en las calles, sino contra el verdadero crimen organizado, el verdadero peligro, el que nos roba a todos y todas, el que nos mata a todos y todas: el hampa con camisas rojas que habita en Miraflores. ¡Ándese con ojo señor Chávez!
Otro dato curioso, frecuentemente poco mencionado por el periodismo internacional, mucho menos por el periodismo venezolano, son las relaciones que se dan a nivel interno entre los miembros de la oposición. Y no nos estamos refiriendo a esas diferencias ideológicas que han acabado a tortas en algún que otro rincón del país. Tampoco a las diferencias entre los candidatos en pugna antes de que oficialmente se anunciase un nombre de cierto consenso. Sino a las diferencias entre los candidatos ofertados y sus votantes. Imagínense, por ejemplo, después de todo lo que ha caído en España durante los últimos años, que un nuevo movimiento político, autoproclamado revolucionario, llegase al poder en 2012. Imagínense entonces, que, para futuras contiendas electorales a nivel local, miembros del PP y el PSOE decidiesen sumar fuerzas para hacer un frente común ante el posible triunfo de esa nueva fuerza política. Imagínense, sin ir más lejos, que para ganar la comunidad autónoma de Madrid tal coalición electoral presentase de candidato a José María Aznar, o a Esperanza Aguirre, si lo prefieren. Y en Cataluña presentasen a Maragall, en Andalucía a Chaves, en Euskadi a Mayor Oreja, en Galicia a Manuel Fraga y en Canarias a López Aguilar. Imagínense entonces que los ahora votantes del PSOE en Madrid pasasen de repente a votar por Aznar o Aguirre, los votantes del PSE en el País Vasco a votar por Mayor Oreja, los votantes del PSG a votar por Fraga, y así sucesivamente: votantes del PP en Andalucía, Cataluña o Canarias pasasen de repente a votar por Chaves, Maragall y López Aguilar. ¿Difícil de imaginar, no? Pues algo así es lo que ha pasado en Venezuela desde la llegada al poder del tirano demente de Miraflores.
Como ya sabrán, antes de la llegada de Chávez al poder, como ocurre en toda democracia capitalista de calidad que se tercie, en Venezuela existía de facto un modelo político bipartidista donde dos grandes partidos políticos se alternaban periódicamente en el poder del estado (lo que ahora se conoce como IV República), un modelo donde las diferencias políticas se limitaban a los contenciosos internos, salvaguardando en todo caso, como no podía ser de otra manera, el glorioso sistema capitalista. Acción Democrática (AD) -de tendencia supuestamente social-demócrata- y Comité de Organización Política Electoral Independiente (COPEI) -de tendencia demo-cristiana-, vendrían a ser en aquellos maravillosos años lo que PSOE y PP en la España de la actualidad, con las evidentes diferencias entre unos y otros sistemas políticos (aunque de alguna manera a los españoles el pacto de punto fijo venezolano pueda recordarles al llamado “consenso de la transición” ahora tan de moda por aquellas tierras). Pero con la llegada de Chávez todo cambió. El magnífico modelo venezolano de la IV república se vino abajo por los caprichos personalistas y dictatoriales del tirano, y así, las fuerzas democráticas, extremadamente debilitadas tras aquel cambio, nos vimos en la obligación de unir fuerzas en contra del gobierno opresor y sus redes afines en lo local y lo regional. Y nuestros votantes supieron entenderlo a la perfección, sin traumas ni contradicciones, sin dimes ni diretes.
Dejando atrás las viejas rencillas, todos nuestros antiguos votantes supieron subirse al carro de la oposición en bloque. En estas elecciones regionales, sin ir más lejos, de nuestros dos ganadores estrellas, el candidato ganador de la Alcaldía Metropolitana, Antonio Ledezma, proviene de las filas de AD, mientras el ganador del estado Miranda, Henrique Capriles Radonsky, proviene de la esfera de COPEI. También el ganador en Zulia inició su aventura política en las filas de AD, el ganador en Táchira es militante de COPEI y así sucesivamente.
Realmente, como digo, es digna de alabar esta capacidad de los votantes tradicionales de estos partidos para mutar su voto por un candidato antaño del partido “odiado”, siempre en pos de la gloria del país. Sin rencillas ni malos rollos, sin odios ni resentimientos, simplemente con un objetivo claro y virtuoso: acabar con el chavismo, devolver el país a manos de la democracia, la libertad y el capitalismo. Son en cosas como esta, sin duda alguna, que se demuestra lo escrito por un prestigioso diario inglés, anoche parafraseado por el tirano, sobre la “vibrante democracia venezolana”.
Vibrante porque, a pesar de los empeños del dictador por acabar con ella (entre otras tácticas con la continua convocatoria de consultas populares y procesos electorales para conseguir así desvirtuar el verdadero sentido del voto pasivo cada cuatro años propio de toda democracia verdadera que se precie), a pesar de tales empeños, sigue viva y dando señales de fuerza desde lo más hondo del sentir político de todos esos militantes y ex militantes, votantes y ex votantes, de aquellos partidos otrora enfrentados y actualmente unidos en un mismo objetivo. ¿O no sería vibrante la democracia en el estado español si algún día votantes del PP y el PSOE, militantes del PP y el PSOE, incluso nacionalistas moderados del tipo CIU y PNV, dejasen atrás sus viejas disputas y diferencias para votar en común a candidatos de unos y otros partidos en pos de un proyecto mutuo en defensa de la democracia, la libertad y el capitalismo en España? No me cabe la más mínima duda de que, si algún día llegase a ser necesario, así lo harían. Y como muestra un botón: el trato que todos ellos otorgan al gobierno tirano que actualmente nos oprime en Venezuela, amen del trato hacia otros gobiernos del estilo en otros puntos de nuestra querida América Latina.
Eso sí, entre tanta buena noticia que se desprende de nuestra nueva victoria en pos de la libertad y la democracia en América Latina, como ya ocurriese también con nuestro empate-victoria en Bolivia o nuestra victoria en Guayaquil-Ecuador, hay un hecho, bastante triste, que hemos de mencionar: la elevada tasa de participación electoral del pueblo. No es que no nos guste que la gente vote, no, simplemente es que nos gusta que vote la gente culta e instruida, la gente formada e ilustrada, la gente sabia y con una mente preclara. Es decir, nos gusta que vote la gente que vota por nosotros. Y en un contexto así, como se está viendo, ocurre todo lo contrario. Millones de personas incultas, sin la formación necesaria, analfabetos funcionales incluso, se empeñan en votar, y, cómo no, lo hacen por el chavismo, por Evo Morales o por Rafael Correa.
Más nos valiera volver a quitarles la cédula de identidad a estos señores y, como antaño, dejarlos sin derechos políticos ni espacio alguno para la participación democrática. Más nos valdría. Eso sí que serían unas elecciones verdaderamente limpias, donde sólo la gente preparada podría influir sobre el devenir del país, donde el resultado final fuese el verdadero sentir del pueblo venezolano, y no estos procesos pseudo-democráticos donde la palabra de cualquier indio, de cualquier negro, de cualquier borracho indigente, vale lo mismo que la mía, por ejemplo. No hay derecho hombre, no hay derecho.

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