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La Coctelera
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Escudos Humanos

En el momento en que escribo esta columna, he de suponer que, por tercer día consecutivo, las bombas siguen cayendo sobre la franja de Gaza (y algunas pocas sobre los territorios fronterizos con Israel). Según el último parte, vamos ya por casi cuatrocientos muertos y cerca de mil heridos palestinos, por dos muertos y unas pocas decenas de heridos en el bando Israelí. Por si no fuese bastante, los principales dirigentes judíos ya han anunciado que la ofensiva será larga, que el “daño al enemigo” no ha hecho más que comenzar. Además de los bombardeos aéreos, miles de soldados hebreos esperan la orden oportuna para iniciar una invasión terrestre, en lo que pretende ser un sucedáneo de lo acontecido en el Líbano durante el verano de 2006.

Entre tanto, la reacciones a los ataques se han ido sucediendo una tras otra en el mundo occidental. Desde los EEUU a Australia, pasando por cualquiera de los países europeos, los principales líderes políticos han emitido sus opiniones al respecto, todas ellas determinadas por un denominador común: Hamas es responsable de la ruptura de la tregua y, por tanto, responsable de todo cuanto pueda acontecer en la guerra. Israel simplemente se estaría limitando a hacer uso de su derecho a la legítima defensa, aunque lo esté haciendo de manera desproporcionada.

Curiosamente ninguno de estos líderes occidentales ha mencionado palabra alguna en relación a la ocupación que por tantos años ya vienen soportando los palestinos en su propia tierra. Esto no daría derecho a legítima defensa alguna para los invadidos. Tampoco se les ha oído hablar del inhumano bloqueo económico con el que Israel ha sometido a los habitantes de la franja en todo momento durante la tregua, sin bajar con ella un ápice su intensidad. Que los ciudadanos de Gaza hayan tenido que malvivir sin luz, sin medicinas, sin apenas agua y sin acceso a la ayuda internacional, tampoco daría ningún derecho para responder a estas práctica en virtud de una legítima defensa. Los palestinos deben soportar las humillaciones israelitas como buenos samaritanos e incluso poniendo la otra mejilla, mientras Israel tiene todo el derecho a aplicar su ley del Talión (multiplicada por mucho) ante cualquier mínimo atisbo de ataque palestino. Como se ve, el tema religioso está perfectamente definido en la contienda.

Que en aplicación de este sagrado derecho israelí a la legítima defensa se puedan ocasionar muertes entre los civiles palestinos, no es más que la consecuencia del uso que los milicianos de Hamas hacen de su propia población civil como si de escudos humanos se tratasen. Ayer conocíamos la noticia de que cinco hermanas (de entre 1 y 17 años) habían muerto a consecuencia de las bombas mientras se encontraban en el interior de su propia casa. Hemos de suponer que, en el momento de sus muertes, detrás de cada de una de ellas había un terrorista, aunque los cuerpos de las muchachas hayan sido encontrados sin rastro de ellos en medio de los escombros. Visto así, como escudos humanos los niños palestinos no tienen precio, podrían estar perfectamente a la altura del mejor antibalas del mundo. No sólo paran las bombas, sino que además consiguen que éstas no causen daño alguno en sus protegidos, ni aun cayéndoseles la casa encima.

La verdad, escudos humanos no sé si habrá en Palestina, pero corazones de hierro, a prueba de toda bala, de toda bomba, fríos y duros como el acero, sin sentimientos ni remordimientos de ningún tipo, sin calidad humana alguna, sin decencia ni compasión, desde luego que abundan en los palacios presidenciales de occidente. Si diéramos a cada miliciano de Hamas uno de estos corazones como escudo, serían invencibles.

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¿Y por qué la vivienda no puede ser parte de la obra pública con la que se pretende reactivar la economía?

En plena crisis del neoliberalismo mundial, en pleno declive de la globalización financiera, cuando se están haciendo visibles todas las consecuencias derivadas de las advertencias que por varios años llevan haciendo un número limitado de economistas críticos de izquierdas acerca de la naturaleza ficticia de la “riqueza” generada por el sistema financiero internacional y el despropósito “virtual” que ha venido rigiendo como norma en los sistemas monetarios y crediticios a todos los niveles, cuando el fundamentalismo del libre mercado parece haber comenzado su derrumbe definitivo, las viejas soluciones Keynesianas parecen volver a ocupar un lugar privilegiado entre las agendas de los diferentes gobiernos capitalistas para tratar salir de la crisis renovando la solvencia y la confianza de los diferentes actores económicos en juego (consumidores, productores y banqueros).

Como medida estrella, al igual que ocurriese durante las tres décadas que siguieron a la implantación de las políticas de la “New Deal” en EEUU, el gasto público, especialmente en infraestructura y obra pública, vuelve a ser el as en la manga que parecen tener preparado nuestros políticos para abordar el negro panorama que se les viene encima. En España, por ejemplo, el gobierno de ZP anunció recientemente un plan para dotar de 11.000 millones de euros a los ayuntamientos, con la finalidad de que sean estos quienes liciten sus propios proyectos de obra pública (rehabilitación de inmuebles, servicios municipales, apuesta por la tecnología, movilidad sostenible, eliminación de barreras arquitectónicas y seguridad vial, etc.) y puedan generar así cierto número de empleos que ayuden a “recapitalizar nuestras ciudades y pueblos”, según exponía el propio presidente del gobierno.

La cuestión que se me plantea ahora, a la vista de la situación en la que viven tantos y tantas ciudadanos/as españoles/as respecto de la vivienda, es la siguiente: ¿Por qué no invertir el gasto público que tiene proyectado el gobierno para reactivar la economía en la creación de vivienda?, ¿no puede ser la vivienda la obra pública que necesitamos para generar empleo, capitalizar a los trabajadores, aumentar el bienestar social y retomar la confianza perdida entre los diferentes actores económicos? Seguramente sí.

Crear una macro-empresa monopolística pública, encargada de desarrollar un plan de largo alcance para la construcción de vivienda en todo el territorio estatal, no creo que sea algo que pueda quedar demasiado lejos del alcance y las competencias de cualquier gobierno que se tercie, simplemente haría falta tener ganas de hacerlo. Una empresa estatal que monopolice el mercado de la construcción inmobiliaria, que acabe con la especulación que ha venido rigiendo como norma estos últimos años en tal sector mercantil, y que rebaje ostensiblemente el precio final del producto que llegue hasta los consumidores.

El coste real de producción de una vivienda (incluso con materiales de primera calidad), si dejamos a un lado el sobreprecio que hemos venido pagando por la especulación en materia de suelo que nos ha rodeado por doquier durante esta última década, podría permitir fácilmente a cualquier empresa pública generar viviendas que podrían ser vendidas a precios muy por debajo del nivel actual, y aún así facilitar la creación de puestos de trabajo, la reactivación del mercado inmobiliario e, incluso, dar un margen de beneficios al estado, unos beneficios que podrían nuevamente volver a ser reinvertidos en la creación de nuevos puestos de trabajo mediante la ejecución de nuevo gasto público con ellos. Esta sería además otra de las ventajas fundamentales de apostar por este tipo de gasto público en lugar de por la obra pública tradicional u otros modos de gasto planteados en los proyectos gubernamentales actuales.

Esto es así ya que, a diferencia de la obra pública tradicional (que una vez construida acaba con toda posibilidad de generar nuevos ingresos para el ente público, salvo en los casos muy limitados en que se pueda cobra algún tipo de precio por su uso), la producción de un bien de uso privado como es la vivienda, aún ajustándose su precio a una relación no especulativa con su coste de producción y su valor de uso, sí tiene la capacidad de generar nuevos movimientos económicos para el estado, una vez es incorporada su venta a una dinámica de mercado. Unos movimientos económicos que, como digo, podrían ser puestos nuevamente al servicio del gasto público y, por tanto, a beneficio de la ciudadanía, y no a beneficio de los intereses privados de los banqueros y constructores, como ha venido ocurriendo hasta ahora.

Tengamos en cuenta que actualmente siguen siendo millones los ciudadanos/as del estado español que tienen la urgente necesidad de adquirir una vivienda en la que poder establecerse de manera independiente. Si la demanda de este bien de uso se ha paralizado, si los stocks ya construidos no están siendo absorbidos actualmente por el mercado, es simplemente porque el abusivo precio que han alcanzado estos inmuebles en los últimos años, sumado al nivel general de endeudamiento de la población, la precariedad laboral y los bajos salarios, han hecho que la mayor parte de estos potenciales demandantes de vivienda en propiedad no pudieran hacer frente a las condiciones de comprar impuestas por el mercado (en consonancia con los bancos).Pero si las condiciones fueran otras, si el mercado inmobiliario se moviera más en los márgenes de las VPO que en las cifras del actual “mercado libre”, ¿cuántas de esas personas no estarían dispuestas a embarcarse en un proyecto de compra de un bien que les ha de servir para toda la vida? Sólo hay que ver las listas que manejan las diferentes instituciones públicas en cada sorteo de viviendas VPO para comprender si estoy o no en lo cierto.

O, dicho de otra manera, si la iniciativa privada ha resultado ser un desastre de envergadura en su gestión del mercado inmobiliario y, con ello, se ha conducido, después de algunos años de aparente y fraudulenta bonanza, al conjunto de la economía a un cataclismo anunciado, ¿por qué no confiar en la iniciativa pública como único gestor de éste mercado y en las propias capacidades del mercado en sí, regulado de manera pública, para regenerar la economía productiva y devolver la demanda, y con ello el empleo, a los niveles que la propia capacidad de absorción por parte de los consumidores permita –que seguro que no es poca-?

Eso sí, de afrontar esta perspectiva probablemente nos encontraríamos casi con toda seguridad ante dos problemas fundamentales: la propiedad del suelo y la concesión de los créditos necesarios para que los consumidores puedan hacer frente a la adquisición de sus viviendas.

En el primer caso, el problema no debería ser demasiado grave, en tanto y cuanto gran parte del suelo no construido existente está en manos de las instituciones públicas. Además, caso de no estarlo, el gobierno, en virtud de los intereses generales del estado que vienen recogidos en la propia constitución española, podría recurrir perfectamente a la expropiación, previo pago de un precio razonable o aun sin él, de aquel suelo en manos privadas que pudiera servir para la construcción de viviendas, al encontrarse en puntos estratégicos de los diferentes pueblos y ciudades.

En el segundo caso, a la vista de que los bancos no están actualmente por la labor de conceder, al menos de manera momentánea, créditos de ningún tipo a los consumidores, igualmente se podría proceder a la nacionalización de la banca, bien en parte, bien en su totalidad. Si ya se le está regalando el dinero público pata que puedan mantener sus suculentos negocios aun a expensas de no dar créditos de ningún tipo ni a consumidores ni empresas, ¿por qué no directamente usar ese dinero para nacionalizarlos y así poner sus actividades al servicio del estado y del pueblo? Seria así el estado quien podría gestionar directamente los créditos concedidos a los consumidores de estos bienes, en algo que, para minimizar el riesgo asociado a un posible no devolución de los mismos por parte de los prestatarios, podría ser considerado también como inversión en gasto público, ya que el dinero serviría igualmente para fomentar la venta de los productos generados por el estado y de cuyo beneficio sería el propio estado quien se beneficiaría, como he dicho antes. Así, teniendo en cuenta que hubiese un número determinado de personas que no pudieran hacer frente al pago de la deuda contraída, que en cualquier caso nunca sería una cifra mayoritaria, las posibles perdidas generadas por esta razón podrían ser perfectamente compensadas por el beneficio generado a través de la venta de los productos inmobiliarios en el mercado. La vivienda pasaría a ser un bien de uso, financiada en primera instancia por el estado, que al mismo tiempo funcionase como una mercancía de carácter social, en tanto y cuanto sirviese también para generar beneficios a las arcas del estado, aumentado así sus capacidades para hacer frente a los diversos gastos sociales existentes.

Incluso, para empezar a poner en marcha este nuevo mercado inmobiliario de carácter público, el gobierno podría plantearse la posibilidad de expropiar a las constructoras, previo pago de parte de los costes de producción vinculados, los inmuebles que tienen en stock y que no han podido vender en el mercado a causa de los elevados precios que han venido pidiendo por ellas. Con esto se podría dar el primer y necesario impulso a la actividad de esta nueva empresa estatal de carácter monopolístico.

Claro, que estas tres últimas medidas planteadas (expropiación de suelo, nacionalización de la banca y expropiación de vivienda no vendida), al igual que la idea en sí de acabar con la liberalización del mercado de la construcción inmobiliaria estatal, ya escaparían de los límites del Keynesianismo para entrar de lleno en el ámbito del socialismo, y eso ya es harina de otro costal a pesar de que gobierne un partido que se llame a sí mismo de tal manera. Pero el que no se vaya a hacer, al menos por este gobierno o sus alternativas actuales en la oposición, no quita que la solución pudiera ser perfectamente válida a poco que se tuviesen ganas de ponerla en práctica, anteponiendo con ello el interés general, especialmente el interés de las clases trabajadoras, al interés de banqueros, promotores, constructores y políticos corruptos varios. Aunque ya sabemos como funcionan las cosas aquí y cuales son los intereses que al final, pase lo que pase, acaban prevaleciendo y siendo protegidos por el estado, que no son precisamente, huelga decirlo, los de las clases trabajadoras.

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Prohibir la publicidad en los medios de comunicación de masas

Prohibir la publicidad en los medios de comunicación de masas: una necesidad para la regeneración democrática y moral de la sociedad occidental

Pedro Antonio Honrubia Hurtado.

I

Hubo un tiempo en que los conceptos publicidad y propaganda podían ser entendidos cada uno de ellos de manera separada. Un tiempo en que publicidad y propaganda aludían a dos elementos de difusión comunicativa diferenciados. Un tiempo, en definitiva, en que la publicidad era simple publicidad, y la propaganda, propaganda. Un tiempo, eso sí, casi mitológico y, de haber existido realmente alguna vez, cuando menos, muy lejano ya.

La propaganda podía entonces ser identificada con la difusión de ideas políticas, filosóficas, morales, sociales o religiosas, es decir, entendida como un proceso de comunicación ideológica o de valores culturales, cuya finalidad vendría determinada por la transmisión de tal información a la población, con el objetivo de penetrar en la consciencia de sus individuos para aferrarlos a los valores impulsados mediante tal acción, modificando así sus respectivas conductas y garantizando la adhesión de estos sujetos (los ciudadanos) al proyecto político, social, cultural o ideológico planteado por la fuente emisora de la propaganda. Por su parte, en aquellos tiempos, la publicidad vendría a ser una forma de comunicación masiva, destinada a difundir un mensaje impersonal y pagado, a través de diferentes canales informativos, con el fin de persuadir a la audiencia de las bonanzas de un determinado producto, siendo su meta el consumo de tales productos o servicios específicos por parte del receptor final del mensaje (el consumidor).

Es decir, cuando se trataba de vender, cuando la finalidad era económica o comercial, se podía hablar de publicidad; en cambio, cuando su función era la de propagar ideas, doctrinas, creencias, opiniones, etc., se hablaba de propaganda. Así, aunque tanto la publicidad como la propaganda vendrían a ser técnicas de comunicación que estimulaban y condicionaban la conducta y el pensamiento del sujeto receptor del mensaje (bien en su condición de potencial consumidor o bien en su capacidad potencial para ser el destinatario de discursos de tipo político, moral, religioso, social o cultural, etc.) la finalidad última de su acción comunicativa (vender productos vs propagar modos de vida y de pensamiento) podía servir para establecer una distinción entre ellas, si bien no demasiado nítida, sí al menos precisa desde una perspectiva epistemológica. Por un lado, como digo, la publicidad sería una herramienta que se habría de utilizar de acuerdo con determinados objetivos comerciales, para conseguir una venta o para mejorar la imagen y/o reputación de un producto o una determinada empresa. Por otro lado, la propaganda tenía como objetivo ser capaz de modificar ideologías, costumbres o, en su más amplio sentido, ser capaz de modificar la visión de la realidad social y política encerrada en la consciencia del sujeto receptor de tal mensaje. La finalidad de la publicidad se situaba así en la persuasión. La finalidad de la propaganda, en cambio, estaría determinada por la búsqueda del proselitismo o del convencimiento ante una determinada visión del mundo político, social, cultural o religioso.

Este tiempo mitológico, aunque lejano ya, sigue estando, como todo mito que se tercie, muy presente en el pensamiento actual de la sociedad religiosa consumista-capitalista, en tanto que el discurso oficial (científico, académico, etc.) pretende seguir haciendo visible tal diferenciación ante los ojos de la gente como realmente existente. Es decir, los mencionados criterios de diferenciación entre una actividad comunicativa y la otra siguen de plena actualidad, vivos y coleando, según nos cuentan los que saben de esto (comunicólogos, lingüistas, semióticos, publicistas y otros científicos, académicos y profesionales expertos en la materia). Incluso los ordenamientos jurídicos vigentes establecen una legislación diferenciada para los límites de emisión, tanto en el tiempo como en el espacio y el contenido, de una en relación con la otra. Publicidad y propaganda, nos dicen, siguen siendo dos ámbitos diferenciados de la acción comunicativa.

II

Y aunque bien es cierto que en muchas ocasiones en el lenguaje común, y, por tanto, en el pensamiento cultural-mayoritario que se desprende de ello, ambos términos suelen ser utilizados como sinónimos, lo cual podría dar la impresión de que tal mensaje oficial de científicos y académicos no tiene suficiente calado en la opinión pública, esto realmente ocurre en una única direccionalidad del binomio, exactamente ocurre únicamente para aquella vía que va desde la propaganda a la publicidad, pero nunca (o muy pocas veces) a la inversa. Es decir, si bien es cierto que la palabra propaganda suele ser utilizada con relativa frecuencia como sustitutiva de la palabra publicidad (por ejemplo, cuando alguien dice "han dejado en el buzón propaganda del supermercado"), rara vez suele ocurrir lo contrario. Salvo tal vez en caso de la propaganda emitida por los partidos políticos en tiempos de campaña electoral (que, al fin y al cabo, suelen entrar dentro de la lógica del mercado, bien por el modo de tales partidos de entender la captación del voto, bien por haber pagado un dinero por insertar tal propaganda en un determinado medio), nunca nadie utiliza la palabra publicidad como sustituta de la palabra propaganda, no al menos en su acepción comunicativa. El propio diccionario de la RAE, el cual pretende ser un fiel reflejo de los significados que usualmente los hablantes vinculan con sus correspondientes significantes, pone de manifiesto con bastante claridad estas relaciones sustitutivas unidireccionales establecidas entre ellas:

Publicidad. 3. f. Divulgación de noticias o anuncios de carácter comercial para atraer a posibles compradores, espectadores, usuarios, etc. 1. f. Cualidad o estado de público. 2. f. Conjunto de medios que se emplean para divulgar o extender la noticia de las cosas o de los hechos.

Propaganda. 1. f. Acción o efecto de dar a conocer algo con el fin de atraer adeptos o compradores. 2. f. Textos, trabajos y medios empleados para este fin.4. f. Asociación cuyo fin es propagar doctrinas, opiniones, etc.

Mientras que en la palabra propaganda sí aparece una mención al consumidor como receptor del mensaje emitido, ninguna de las diferentes definiciones dadas para el término publicidad recoge algo similar a la definición establecida de manera científica para la propaganda como elemento de difusión de ideas políticas, morales, sociales, culturales o religiosas cuyo objetivo es lograr la asimilación de tal mensaje por parte del sujeto receptor de la idea propagada.

III

En cambio, la tozuda realidad, a la cual inevitablemente hemos de enfrentarnos, nos dice una cosa bien distinta: la publicidad es a día de hoy la principal fuente de propaganda existente. Concretamente, la publicidad, al margen de su finalidad comercial, es pura y dura propaganda del modo de vida y de pensamiento inherente a la ideología social predominante en la actualidad: el consumismo-capitalismo. La publicidad no sólo vende productos, sino que también impone un modo de vida, unos valores morales y culturales, unos códigos simbólicos y, en definitiva, una ideología.

Como bien afirman Laura del Coz Santos, Marta Fernández San José, Cristina Fernández Segura, Patricia Mateos Martínez, en una serie de textos divulgativos difundidos a través de internet bajo el título "Consumo y consumismo"[1], El factor clave en el sistema capitalista es el consumo. El consumo es considerado como un fenómeno que se produce como contexto del sistema de producción del capitalismo del sistema industrial. Se trata del elemento vital de ese sistema económico. En el sistema capitalista no tiene sentido producir si no se consume lo producido. Esto es lo que algunos denominan capitalismo de consumo. La escalada del consumo ha propiciado que se pueda hablar de consumismo. El consumismo es una forma de pensar según la cual el sentido de la vida consiste en comprar objetos o servicios. Esta forma de pensar se ha convertido en la principal ideología que sostiene al sistema capitalista.

El consumo es, por tanto, una necesidad básica para el buen funcionamiento del sistema capitalista, cuya necesidad de perpetuación ha sido garantizada (sacralizada) mediante la instauración del estilo de vida consumista en el centro mismo de la vida social comunitaria, mediante la otorgación al mismo de un carácter cargado de gran simbología para las relaciones de poder en el mundo social y mediante la vinculación del consumo con un modo de vida y una ideología. El consumo se sacraliza así no como el acto en sí mismo de consumir, sino mediante la idealización simbólica de tal acto, que alcanza el grado de un modo de vida. Así, lo que en origen es una necesidad puramente económica del sistema, es convertido en un ritual con unas connotaciones simbólicas e ideológicas capaces de movilizar y aglutinar el sentimiento de las masas, sus deseos y necesidades, sus aspiraciones y finalidades[2]. El consumismo se convierte así de facto en una ideología, una ideología cuya propaganda se difunde por medio de la publicidad, que a su vez es convertida de facto en toda y cada una de sus expresiones en pura propaganda del modo de vida típico de la sociedad capitalista: el consumismo. Es decir, desde esta perspectiva, la publicidad no es otra cosa que una pura propaganda de la ideología consumista-capitalista. Y como tal, como toda propaganda, tiene unas connotaciones de claro contenido político.

IV

Un contenido político, en tanto y cuanto, el modo de vida consumista-capitalista es también un modo de propagación, difusión, consolidación y perpetuación del sistema capitalista, sobre todo en consideración a la lucha política que éste sistema lleva siglos arrastrando en combate directo con su oponente máximo: el socialismo. Una vez los ciudadanos aprehenden e interiorizan los valores propagandísticos difundidos a través de la publicidad, pasan a ser elementos plenamente integrados, alienados, en el sistema capitalista, y su modo de vida, orientado por el consumo como referente simbólico máximo de su cotidianeidad, una estrategia política en manos de los intereses de las clases burguesas dominantes. El consumismo, a través de la publicidad, no sólo produce, por tanto, efectos desde un punto de vista económico, sino, sobre todo, y ante todo, efectos desde un punto de vista político.

Todo sistema político que pretenda establecerse como hegemónico necesita del seguimiento ciudadano de unos determinados criterios ideológicos que garanticen la adhesión (o, en su caso, sumisión) y fidelidad del ciudadano a los designios del sistema, criterios que en muchas ocasiones acaban por ser convertidos en verdaderos dogmas de fe. Estos criterios pueden ser de carácter científico (caso del marxismo), o pueden ser simplemente de carácter orientativo (caso del capitalismo). Por carácter científico entendemos el seguimiento ciudadano de unos postulados ideológicos que son fruto de un análisis racional de la realidad social, transformado a su vez en una serie de leyes y de principios que adquieren validez universal, siempre y cuando no se produzca una modificación radical del contexto social en el que se produjo tal análisis y, por tanto, del que fueron extraídos tales leyes y principios. El carácter orientativo, por contra, no responde a análisis racional-analítico alguno, ni está expresado en términos de leyes ni de principios universales, sino, simplemente, se presenta al ciudadano bajo la forma de una lluvia de ideas, cada una de ellas cargada por un determinado componente simbólico-social, y todas ellas condicionadas por una misma base, entre las cuales el sujeto tiene la posibilidad de optar (o al menos intentarlo) por las que le parezcan más atractivas para acomodarlas a su realidad vital. La vinculación simbólica establecida entre el dinero y la felicidad, o el carácter exitoso asociado a la adquisición de determinados productos del mercado ("el Mercedes"), así como la extensión simbólica asociada al concepto "vida normal" mediante el seguimiento generalizado de las pautas de vida y consumo en un principio representativas de una familia acomodada de clase media (casa, coche, trabajo estable, seguridad alimenticia, hijos, comodidades domésticas, relativa comodidad y seguridad vital, etc.), serían algunas (sobre decir que hay muchísimas más) de estas ideas que se lanzan en masa para servir como orientadoras a manera simbólica de la vida que deben seguir los ciudadanos dentro del sistema.

El carácter orientativo de tales criterios no implica, por supuesto, y a pesar de la inexistencia de leyes o principios de validez universal, que su seguimiento no pueda acabar siendo convertido en un dogma de fe. Más aún, el aparente carácter opcional asociado a la condición orientativa de estos valores inherentes a la sociedad consumista-capitalista, hace que su aplicación resulte mucho más atractiva a primera vista por el ciudadano, en tanto y cuanto parecen nacer de un supuesto acto de libertad. Sin embargo, esta libertad de elección resulta ser en última instancia una mera apariencia.

En primer lugar, porque todas las opciones ofrecidas por la lluvia de ideas se vinculan con un mismo nexo, en este caso la centralidad de la sociedad de consumo y sus valores inherentes como referente simbólico de la vida social.

En segundo lugar, porque los condicionantes relacionados con la clase social del sujeto, o, en su defecto, con el poder adquisitivo de su nexo familiar de consumo, determinan ya en la práctica, y desde un principio, el ámbito de opciones que pueden ser barajadas de manera real por el sujeto de entre todas las alternativas de sentido ofrecidas como alcanzables dentro de la supuesta pluralidad, quedando estas en la práctica reducidas a un número limitado (mucho menor del que puede parecer en primera instancia), y todo ello a pesar de que el sujeto suele fantasear ya desde la infancia con poder alcanzar todas y cada una de estas expectativas simbólico-vitales de sentido propuestas por el sistema, aún cuando es evidente que en el 99% de los casos esto jamás llegará a producirse (¿O quién no soñó ya desde su tierna infancia con ser rico y famoso, con todas las repercusiones a nivel simbólico que eso implica y evoca en la mente del niño?). Cada clase social tiene sus propias opciones, y es en ellas, y sólo en ellas, donde acabará por desenvolverse, le guste o no, el 99% de los sujetos nacidos, criados y crecidos en ambientes sociales y familiares vinculados con tal clase social determinada.

En tercer lugar, porque las elecciones de los ciudadanos en el contexto de la sociedad de consumo no son tan libres como ellos pudieran pensar en primera instancia. Muy al contrario, son verdaderas imposiciones de sentido. Desde que Edward Bernays (sobrino de Freud) se percatarse del incalculable potencial que las teorías psicoanalíticas de su tío ofrecían al capitalismo y su visión del mundo, la libertad del ciudadano a la hora de escoger entre unos u otros productos de sentido y orientaciones éticas y vitales ofrecidas en aparente pluralidad por el capitalismo, debe ser, cuando menos, a modo de los procederes fenomenológicos, puesta entre paréntesis. El razonamiento propuesto por Bernays, y que ha condicionado todo el acontecer posterior de la ciencia publicitaria, fue sencillo: si es verdad eso de que el hombre está sometido por una serie de fuerzas, pulsiones, deseos y necesidades inconscientes que ni si quiera él mismo conoce, y que operando desde un oscuro lugar de la mente tienen capacidad para influir en la conducta del hombre, también lo será que, manipulando convenientemente estas pulsiones, deseos y necesidades ocultas, quien sea capaz de realizar tal manipulación será capaz también de influir directamente, sin que ellos lo sepan, en la conducta, el pensamiento y el comportamiento de estos sujetos, y todo ello, además, mientras que por la vía de los mecanismos conscientes habituales se les está diciendo que se hace justamente lo contrario[3]. Por tanto, nada de lo que se emite a través de la publicidad es aleatorio o casual, todo, absolutamente todo, tiene un estudio previo donde el análisis del componente psicológico del potencial consumidor presenta un papel prioritario en el proceso de diseño y elaboración de las diferentes campañas. Los deseos, pulsiones, necesidades y referentes simbólicos del sector de ciudadanos al que debe ir destinado el anuncio en cuestión son estudiados hasta el mínimo detalle[4]. Y si estas necesidades, pulsiones o deseos no existen de manera previa en el ciudadano, se las crea igualmente mediante el carácter propagandístico de la publicidad.

V

Y es que, como bien expone Gustavo Esteva en su texto "Desarrollo"[5] el capitalismo necesita jugar con la expansión social del concepto de escasez como condición sine qua non de la ciencia económica:

"Los padres fundadores de la teoría económica vieron en la escasez la piedra angular de su construcción teórica. El hallazgo marcó la disciplina para siempre. Toda la construcción de la teoría económica se sustenta en la premisa de la escasez, postulada como una condición universal de la vida social (...) La escasez connota falta, rareza, restricción, deseo, insuficiencia, incluso frugalidad (...) La 'ley de la escasez' fue construida por los economistas para denotar el supuesto técnico de que los deseos del hombre son grandes, por no decir infinitos, mientras que sus medios son limitados aunque mejorables."

Esto quiere decir que existe un límite al reparto de los recursos existentes, límite cuyos fundamentos otorga valor económico a los elementos integrantes del mercado. Pero, más allá de esta perspectiva limitativa, el concepto capitalista de escasez juega con una variable clave para el funcionamiento global del mercado: la idea de que los deseos del hombre son infinitos.

Por tanto, si los deseos del hombre son infinitos, nuevos deseos, nuevas necesidades pueden ser constantemente desarrolladas, cada una de ellas, evidentemente, con su respectivo producto en el mercado para satisfacerla. La propaganda publicitaria, como no podía ser de otra manera, juega un papel central en todo esto: es ella la encargada de desarrollar estas nuevas necesidades en el individuo, mediante el componente simbólico-social que va asociado al producto en cuestión dentro de la red global de significaciones consumista-capitalista.

Pero esto, de partida, choca con la propia naturaleza humana: las necesidades básicas son limitadas y fácilmente delimitables. Necesidades alimenticias, necesidades de supervivencia en medio de una naturaleza hostil (casa, ropa, protección, etc.), necesidades higiénicas o de salud, necesidades fisiológicas, todas ellas no sumarían más de una centena de supuestos, y creo que me estoy excediendo. Ni si quiera las superaría si a ellas les sumamos aquellas necesidades de un mayor carácter intelectual (necesidades de conocimiento del medio, etc.). Por tanto, un mercado orientado simplemente a la satisfacción de tales necesidades básicas (sumadas a las intelectuales elementales) ni sería rentable, ni, por supuesto, se podría plantear en términos de escasez. En nombre de la economía burguesa hay, en consecuencia, que inventar, crear o fomentar nuevas necesidades, de tipo simbólico-social fundamentalmente. Y ahí es donde la publicidad, con su manejo de las técnicas psicológicas más contrastadas, se convierte en indispensable.

Podíamos hablar, por tanto, de dos tipos diferenciados de necesidades: las necesidades básicas (o interiores) y las necesidades sociales (o exteriores). Las primeras se generan de manera natural en todo sujeto y tienen un carácter limitado. Las segundas son creadas mediante un proceso de construcción social (de afuera hacia adentro), tienen un fuerte componente simbólico y presentan un carácter prácticamente ilimitado (siempre pueden ser impulsadas nuevas necesidades de este tipo).

Por tanto, las necesidades básicas serían aquellas que se desprenden del propio funcionamiento interno del organismo de un sujeto cualquiera (comer, beber, dormir, etc.), así como las que se derivan de la relación que éste mantiene con su entorno social y natural más próximo (de amor, protección, cariño, conocimiento, etc.). Son idénticas para todo sujeto y son, por tanto, limitadas. Tienen su origen ya desde la primera etapa de la vida física del individuo, así como en la formación y desarrollo de las primeras estructuras mentales del sujeto, acompañándolo, por ende, desde el momento mismo de su nacimiento, pues le vienen dadas por la acción de su propio desarrollo individual. De aquí su nombre de primarias o interiores. Su satisfacción es indispensable para la supervivencia y la estabilidad emocional. Las necesidades sociales, por su parte, son aquellas que le vienen al sujeto desde afuera hacia adentro, aquellas que se desprenden de las exigencias sociales planteadas a nivel simbólico por la estructura social reinante. Son necesidades adquiridas, necesidades que le vienen dadas al sujeto por el cuerpo simbólico-estructural de la sociedad que lo circunscribe y lo forma, de ahí su nombre de exteriores. Son diferentes en cada sujeto. Su satisfacción solamente podrá condicionar la estabilidad emocional del sujeto en el grado en que él mismo, desde su propio desarrollo psicológico, haya determinado, aceptando o rechazando unas determinadas pautas de orientación simbólico-social como proyectos para la acción y el desarrollo de su propia existencia vital. Se generan usualmente a lo largo del desarrollo de la infancia (principalmente) y la adolescencia, que son los dos momentos determinantes en el desarrollo e interiorización de la concepción simbólica de la sociedad en la cual habita y que le ha de servir de guía en su vida adulta, aunque tienen la capacidad de mutar, desarrollarse y reproducirse de manera constante durante toda la vida, a medida que el entorno va generando nuevas exigencias de alguna manera relacionadas con los modelos simbólicos interiorizados durante estas etapas infantiles y adolescentes.

Podría expresarse también esta dualidad a través de la siguiente variable: aquellas necesidades cuya satisfacción es buscada porque se requiere obligatoriamente para el bienestar físico y biológico de uno mismo (necesidades interiores), y aquellas necesidades que o bien podrían ser perfectamente prescindibles sin causar ningún tipo de malestar de carácter físico o biológico, o bien cuya satisfacción es buscada únicamente para poder ser mostrada a la sociedad, como símbolo que alude a alguna otra cosa relacionada con el ámbito socio-estructural (necesidades exteriores). Por ejemplo, una persona come, bebe y duerme porque lo necesita para su propia supervivencia, pero busca alcanzar un patrón de belleza determinado o un nivel social específico, consumir, en definitiva, una serie de productos o estereotipos simbólicos, porque se necesitan para ser mostrados a la sociedad, pues sin el juicio de ésta carecerían de sentido.

El mercado se nutre, evidentemente, de manera principal por la existencia de productos orientados a la satisfacción de estas necesidades de tipo social. Pero incluso los productos o servicios orientados a satisfacer las necesidades primarias, han sido sabiamente recubiertos de un componente simbólico que los diferencia los unos de los otros, que los incorpora de facto al modo de proceder que tienen los productos orientados a satisfacer necesidades de tipo social (no es lo mismo tener un chalet en la moraleja, que un piso en Vallecas; no es lo mismo protegerse del frío con un chándal Nike que con uno de la marca Juanito el de los palotes; no es lo mismo comerse un bocadillo de calamares fritos en un bar del Albaicín, que comerse un centollo en una marisquería de Puerto Banús, etc.). Esto quiero decir que también las necesidades básicas pueden ser explotadas y desarrolladas por la lógica mercantil, si bien no como necesidades básicas en sí mismas, sí a través del carácter simbólico asociado a los productos que el mercado ofrece para sus satisfacción. Se instituye así también el concepto de escasez en el ámbito de la necesidades interiores básicas, y se convierte en infinitos a sus potenciales deseos de satisfacción, si bien no mediante el hecho en sí mismo de satisfacerlos, sí mediante el modo simbólico de cómo hacerlo, con que productos y bajo que supuestos.

Y en todo esto, como decimos, la propaganda publicitaria juega un papel fundamental, en tanto que creador infinito de nuevos deseos, necesidades y simbolismos varios.

VI

Entramos aquí de lleno en el ámbito de la propaganda publicitaria en tanto que creadora de sentido para la vida y orientadora de conductas éticas. Dejamos, por tanto, el plano de lo político para adentrarnos en el ámbito de lo moral, moral en cuanto sirve de guía para la acción práctica del sujeto en sus relaciones sociales y sus propios proyectos de vida.

El primer efecto que se desprende de aquí es la sustitución del componente ético de la acción moral, por otro componente de carácter puramente estético. El sujeto no actúa motivado por reflexiones profundas en tanto a lo bueno o malo de sus actos para consigo mismo y para con los demás, sino por criterios de apariencia, donde lo que prevalece es dar a la sociedad lo que el sujeto cree que la sociedad espera que le dé, donde lo que prima es lo que agrada a primera vista según los códigos de sentido impuestos por el sistema, donde lo que se persigue es la adecuación a la norma social imperante en un contexto determinado, y no la reflexión moral en sentido estricto. Es el triunfo de lo estético (lo aparente, lo condicionado socialmente) frente a lo ético (lo que tiene unas bases profundas según unos determinados criterios de valoración ancladas en una determinada visión de lo bueno en tanto que productor de bien social). Lógicamente, si la satisfacción de las necesidades se orienta más hacia la acción social (en tanto que poder mostrar el producto adquirido o consumido a la sociedad para que éste sea juzgado según los códigos simbólicos imperantes y con ello se otorgue un determinado valor a la persona -la cultura del tener frente a la del ser-) que hacia el fundamento básico o interior de tal necesidad, el actuar en lo moral no puede seguir un camino distinto, en tanto que lo moral se convierte también en un componente simbólico que otorga más o menos valor a la persona según reciba una mayor o menor aceptación de la sociedad dentro del contexto en el cual se actúa. La sociedad se convierte así en la sociedad de las apariencias, donde lo que importa no es lo que se es, ni como se es, sino lo que se tiene, lo que se dice que tiene, o lo que se hace ver que uno es mediante lo que se tiene y mediante sus propios comportamientos dentro de los criterios de aceptación o rechazo que rigen en cada momento el código simbólico imperante en el contexto social donde uno se desenvuelve. La vida se convierte en un teatro, en un dramático teatro.

El segundo efecto desprendido de estas pautas morales vinculadas con la difusión de la propaganda publicitaria en sus términos actuales, es la conversión de la sociedad en una sociedad de naturaleza hedonista y constantemente sumergida en una filosofía del Carpe Diem. Si el mercado necesita de una continua emisión de nuevas necesidades sociales, si necesita de una continua venta de nuevos productos asociados a unos determinados componentes simbólicos, es lógico que la filosofía del placer inmediato, así como la de vivir intensamente el momento, se abran un hueco predominante en la acción moral de los individuos. Muchos son los productos etiquetados de manera simbólica como "placenteros", y muchos aquellos que sólo cobran un sentido de valor simbólico mediante su uso fugaz y ajustado al momento concreto de las exigencias del mercado y las expectativas sociales. Es un ciclo que debe ser renovado constantemente. Se compra el producto, se usa, se gasta, se renueva. A veces por la duración de su propia vida útil, otras veces por el avance simbólico de los productos de la competencia que lo hacen pasar a ser un producto obsoleto y sin valor simbólico alguno (en un año, el que hoy es el móvil más mega-guay en el mercado, pasará a ser una reliquia, y así, el que hoy lo tiene y se siente poderoso a través de ello, en un año, o lo cambia, u otros sujetos de sus entorno habrán adquirido algún otro modelo que lo supere y le haga perder el valor simbólico que hacia un año tenía, por ejemplo). Sin embargo, las filosofías del hedonismo y el Carpe Diem son presentadas al mundo como un avance en lo moral respecto de la sin razón estricta de algunas normas de nuestros ascendientes recientes, pero en realidad no dejan de ser meras exigencias impuestas por el sistema y la publicidad, en tanto que necesarias para la expansión de la ideología capitalista, la creación constante de nuevas necesidades, y el desarrollo constante de nuevos códigos simbólicos de valor que sustituyan a los anteriores al menos en apariencia, es decir, para la venta continua y constante de nuevos productos, la mayoría de ellos completamente inútiles, a los consumidores. Y es claro que en esta dinámica hedonista y de Carpe Diem, el sexo y las drogas son productos estrella, a pesar de, o mejor dicho como consecuencia de, la doble moral que existe de manera oficial en muchos países en relación a ellos. La represión aparente es la gran fuente del negocio de estos productos mercantiles.

El tercer efecto es el triunfo de los estereotipos y la superficialidad en todos los ámbitos de la vida social. El desarrollo personal, en tanto que búsqueda de la realización personal, se convierte así en una búsqueda de la satisfacción de los estereotipos impuestos por el sistema (a nivel estético, a nivel de jerarquías sociales, a nivel de relaciones de pareja, etc.). Los gimnasios están cada vez más llenos de gente que busca su felicidad a través de la consecución del cuerpo de moda en los anuncios, los estudiantes orientan sus carreras no hacia una verdadera vocación profesional, sino hacia una salida laboral digna y rápida lo antes posible. El conocimiento de lo estudiado es secundario frente al hecho de poder aprobar el examen sea como sea, conociendo o no lo que supuestamente se te ha enseñado. La ilusión de la riqueza material prevalece frente a la ilusión por alcanzar grandeza personal, ya sea a través de los valores éticos personales, ya sea a través del conocimiento intelectual. El prejuicio se impone a la apertura sentimental. La pasión, y no el amor, envuelven el trasfondo de una amplia mayoría de las relaciones sentimentales. La multitud se transforma en soledad de manera habitual en medio de un mar de gente, o, como afirma Bauman, el sujeto urbano se ha convertido en un extranjero, en un extraño, en su propia tierra[6]. La religión reducida a una mera una excusa para sacar pasos a procesionar y darse golpes en el pecho, mientras se incumplen sistemáticamente todo sus principales planteamientos: paz, amor, solidaridad, igualdad entre los seres humanos, etc. La silicona y las operaciones de estética convertidas en el degradante burka de occidente, en tanto que el burka quiere evitar mostrar la belleza sensual de la mujer, y la silicona, las operaciones estéticas, la belleza natural. A veces es mejor no mostrar, que querer mostrar algo que en realidad no te pertenece, pero que está ahí sólo porque así eres capaz de aceptar lo que antes te daba asco.

En definitiva, es el sistema el que impone sus cánones, el que manda, el que dice cómo hay que vivir, como hay que sentir, como hay que pensar, como hay que actuar, como hay que vestir y hasta que debemos comer y donde. La propaganda publicitaria se ha convertido en la gran Biblia de la religión consumista-capitalista, impulsora de orientaciones éticas, de valores de sentido, de proyectos de vida y de sueños cargados de simbolismo que se manifiestan en pesadillas para la propia vida en medio de un ambiente que parece estar cargado, citando nuevamente a Bauman, de una continua hostilidad, donde la autodefensa (a través del seguimiento de los valores simbólicos impuestos y la alienación con el sistema) parece ser la única salida posible. Antes de que me juzguen, juzgo, antes de que me ataquen por no ser capaz de dar la talla según lo que de mí espera el sistema y sus códigos simbólicos reinantes, ataco yo siendo capaz de satisfacer tales códigos y prejuzgando, mirando por encima del hombro, a quienes, pobres de ellos, no han sabido, no han querido o no han podido satisfacerlos.

VII

Es por todo esto, y por mucho más, que la regeneración democrática y moral de la sociedad postmoderna capitalista pasa ineludiblemente por una prohibición de la publicidad, al menos en los espacios destinados (radio, prensa, televisión e internet) a los medios de comunicación de masas.

Primero por ser fuente constante de propaganda de un sistema político y económico cuyas consecuencias devastadoras generan millones de víctimas mortales al día en todos los rincones del planeta, así como una devastación sistemática de la naturaleza y los recursos naturales existentes en ella.

Segundo por constituirse como punta de lanza de una ideología, la consumista-capitalista, que convierte al individuo en su sujeto egoísta, despiadado, competitivo a más no poder, y orientado por una acción instrumental de la racionalidad, cuyo planteamiento vital no deja espacio alguno para la reflexión hacia un cambio revolucionario que permita restituir la armonía del hombre con la naturaleza, y que apueste por devolver los recursos económicos a sus legítimos dueños: los trabajadores en su trabajo, los pueblos en sus tierras nacionales o étnicas, la naturaleza en su planeta azul.

Tercero porque anula e impide la consciencia de clase, en tanto que tiene la capacidad de crear mundos ficticios en la mente de los sujetos, mundos en cuyas perspectivas entran metas y esperanzas que jamás se podrán alcanzar, en el 99% de los casos, en virtud de las restricciones sociales y culturales propias de las clases explotadas en las cuales han nacido, crecido y formado su identidad y su rol social la inmensa mayoría de los individuos.

Cuarto por ser cómplice de la decadencia moral de mayor envergadura jamás vista en la historia. Una sociedad fundada en los estereotipos, en las apariencias, en las relaciones de interés, en la superficialidad, que no juzga sino que prejuzga, que no actúa según valores éticos sino estéticos, que no es capaz de mirar más allá de su ombligo aun a sabiendas de que el sufrimiento en el que habitan miles de millones de personas en muchos lugares del planeta es directamente consecuencia de nuestro modo de vida, de nuestros valores y de nuestra propia decadencia moral y espiritual.

Quinto porque no comprende, ni quiere comprender, a quienes no tienen las aptitudes, físicas o mentales, o el talento necesario para poder satisfacer de manera eficiente las exigencias planteadas a nivel simbólico por el sistema en virtud de sus necesidades económicas y financieras. Mientras unos ganan miles de millones de Euros fabricando estereotipos, creando exigencias desmesuradas, millones de personas sufren en silencio una lenta agonía existencial, una paulatina humillación reflejada en la mirada inquisidora de sus propios conciudadanos.

Y sexto porque así se acabaría con la principal fuente de recursos e ingresos de los medios de comunicación privados, verdaderos impulsores, a través de sus diferentes espacios, de todo estos valores políticos y morales absolutamente repugnantes y condenables. Cada medio de este tipo que tuviese que cerrar por falta de financiación, sería un rayo de esperanza para la vida de esos miles de millones de personas que pasan hambre y viven en la miseria en remotos lugares del planeta, un rayo de luz para esos que, viviendo incluso dentro de los países falsamente llamados desarrollados, tienen que sufrir igualmente, a nivel económico o existencial, a nivel material o espiritual, las injusticias del sistema y sus códigos simbólicos imperantes.

Por eso, desde aquí animo a los gobiernos progresistas y revolucionarios que están emergiendo en algunos lugares del mundo, especialmente en América Latina, a que se atrevan a llevar a cabo una medida de este tipo, que, al menos en lo moral y en lo simbólico, sería verdaderamente revolucionaria y un verdadero golpe en todo el centro del malvado rostro del capitalismo y sus fervientes defensores contra-revolucionarios.

www.pedrohonrubia.com

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[1] Laura del Coz Santos, Marta Fernández San José, Cristina Fernández Segura, Patricia Mateos Martínez, "Consumo y consumismo".

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Alexandros Grigoropulos DEP

Otra muerte más a manos del terrorismo de estado (democrático, eso sí). Como en Italia, como en Francia, como en Suecia, como en España, como en los EEUU, como en Israel, como en Colombia, como en México, como en Chile, como en tantos y tantos "estados democráticos".

Descansa en paz compañero, y no te quepa duda que, antes o después, tu muerte, como la de tantos otros, no habrá sido en vano.

Arde Grecia, y esto es sólo el principio de lo que le espera a Europa en los próximos años. Tiempo al tiempo. Y es que el hambre y la desesperación existencial mueven la historia desde que el hombre es hombre, y cada vez tengo más claro que la crisis presente nos va a conducir a una situación dificilmente imaginable. Tiempo al tiempo. Se va a juntar todo: millones de parados por doquier, medidas de los gobiernos completamente anti populares (jornada de 65 horas, despido libre, redución de salarios, etc.), y un creciente descontento cada vez más acentuado con el estilo de vida capitalista-consumista, donde lo que prevalece es el "tener" y no el "ser", y a medida que la gente que se ha criado y educado en estos valores materiales y hedonistas "no tenga", irá en aumento también la desesperación y el desconsuelo, la rabia y, por supuesto, la lucha. Nos han idiotizado, nos han adormilado y anestesiado de manera generalizada, pero el estómago y la desesperación no entienden de razones ni de manipulaciones, ni, por supuesto, tiene memoria. Tiempo al tiempo.

Alexandros Grigoropulos DEP. Que la tierra te sea leve, que dicen los anarquistas.

Saludos.

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4 DE DICIEMBRE (De silencios, olvidos y otros tormentos del pueblo andaluz)

Recuerdo que cuando era apenas un niño, mi abuelo me contaba fascinado una historia que tenía una bandera blanca y verde por insignia. Una historia de un pueblo que estaba decidido a reencontrarse con su historia. Como yo tenía el sueño difícil, y él sabía que me encantaba escucharle, día tras día, noche tras noche, me hablaba de como en cierto tiempo las calles de una tierra maravillosa se llenaron un buen día de gente que, contra todo pronóstico, gritaba entusiasmada por que se reconociera la identidad de su pueblo, porque se reconocieran todos y cada uno de los derechos que como tal le correspondían dentro del estado del cual formaban parte. Con una gran sonrisa me relataba como fueron cientos de miles, quizás millones, los hombres y mujeres, jóvenes y adultos, niños y ancianos, que se echaron a la calle, un 4 de Diciembre de 1977, para protestar por lo que ellos consideraban una injusticia histórica para con el bienestar y la identidad de su pueblo (una injusticia más de las muchas que ya habían sufrido durante siglos).

Una marea blanca y verde recorrió entonces las plazas y avenidas de las principales ciudades de Andalucía, y de fondo un grito ensordecedor dejaba sorda a la muchedumbre, que fascinada se dejaba llevar por el bello sonido que de cada una de sus letras se desprendía: ¡¡¡Andaluces Levantaos, pedir tierra y libertad, sea por Andalucía libre, los pueblos y la humanidad!!! Nunca después volvieron a verse en Andalucía semejantes movilizaciones de masas, ni si quiera para protestar contra la guerra de Iraq o para protestar contra los atentados terroristas del 11-M o algunos de los muchos cometidos por ETA en Andalucía. Ni en Huelgas generales, ni en celebraciones de victorias de ciertos acontecimientos deportivos de masas, ni si quiera para vitorear las bodas de duquesas o Infantas, tales movilizaciones ciudadanas jamás han vuelto a repetirse por estas tierras. Por eso, aquel 4 de Diciembre quedará para siempre en la historia de Andalucía como el día en que un pueblo, movilizado y concienciado de su existencia, intentó por fin despertar de su letargo. Pero todo quedó en eso, en un intento.

Eran tiempos de lucha, tiempos de conflictos. Y no sólo para Andalucía. El estado español andaba en pleno proceso de reconversión del fascismo dictatorial en una democracia burguesa liberal, con reminiscencias fascistas. Un nuevo modelo de estado, subproducto del viejo estado franquista y sus planes de desarrollo, se estaba gestando. La izquierda buscaba su hueco en el pastel. Los nacionalismos burgueses querían imponer sus privilegios “históricos”, bien atados y consolidados con la estructura económica que Franco regaló al nuevo estado capitalista, consecuencia histórica de las políticas estatales de explotación y colonialismo intrafronterizo llevadas a cabo por siglos atrás. El rey de España asomaba la cabeza como heredero del poder franquista. Eran tiempos en que, también es verdad, millones de personas, dentro y fuera de Andalucía, soñaban con la libertad y la democracia. Pero todo quedó en eso, en un sueño.

Eran tiempos en que un partido nacionalista andaluz, llamado además, para más inri, socialista, lograba sacar grupo propio de diputados en el parlamento español. Tiempos en que la política andaluza ocupaba todo tipo de portadas e informaciones radiofónicas y televisivas a nivel estatal. Tiempos en que la política española, de España como estado y de sus diferentes naciones, se veía obligada a mirar con lupa todo lo que ocurría en eso que ellos siempre llamaron despectivamente “el sur”. Tiempos en que la voz de un pueblo humilde, trabajador, pacífico pero vigoroso, fue capaz de callar los gritos del poder establecido, que pretendía construir ya desde lo jurídico un estado asimétrico, una España de dos velocidades, la de Madrid y sus socios nacionalistas burgueses del norte, y la del resto, especialmente Andalucía. Eran los tiempos del “café para todos”. Tiempos en los que un presidente de la Junta de Andalucía, no nacionalista para más inri, se atrevió a gritar en sede parlamentaria aquello de ¡Viva Andalucía libre! Eran tiempos de lucha entre el camino del 151 o la vía del 143. Tiempos en que las encuestas sobre temas identitarios arrojaban resultados como este: Sólo español (19%), más español que andaluz (6%), igual de andaluz que de español (47%), más andaluz que español (9%), sólo andaluz (18%). Tiempos, en definitiva, de consciencia política de un pueblo, de un pueblo que agarraba su esperanza al verde de su bandera, y que tuvo que ver como el fascismo español teñía de rojo sangre el blanco de la paz que le acompaña, sólo por pedir una autonomía con derecho a “pan, trabajo y libertad” (José Manuel, Javier, no os olvidamos). Tiempos, otros tiempos.

Desde entonces, mucho ha llovido por esta tierra seca. Me comentaba hoy un compañero que en la tarde del 27 de Noviembre había asistido a una conferencia en Sevilla con ocasión de la presentación de un nuevo libro de Manolo Ruiz que lleva por título “ Tiempos de cambio: ndalucía hacia la transición autonómica ”. Según me dice, el autor había podido constatar que Radio Nacional de España ha destruido todos los documentos radiofónicos de la época de la transición relacionados con el modo tan sorprendente en que se consiguió la autonomía andaluza, de lucha en la calle, de protestas masivas, de implicación política y ciudadana, dejándolos en apenas ¡15 minutos de emisiones! Mi amigo estaba escandalizado. Aunque, en verdad, ambos coincidimos en opinar que tales hechos no nos extrañan en absoluto, ni le son ajenos al pueblo andaluz en su relación con España. Ya lo hicieron previamente, por ejemplo, los reyes católicos quemando en la hoguera todo cuanto tenía que ver con la cultura andalusí (filosofía, ciencias, literatura, historia, etc.). Y es que silenciar la memoria de un pueblo es el método más efectivo posible para acallarlo para siempre. Un pueblo que olvida su pasado, es un pueblo desvalido, huérfano, un pueblo sometido a los vaivenes de la historia que escriben en su nombre los vencedores. Un pueblo sin voz, callado, silenciado: un pueblo muerto politicamente hablando.

Y de silencios va la cosa. Los podemos ver (son silencios lumínicos, por lo simbólico) cada año que pasa en los sucesivos debates parlamentarios sobre “el estado de la nación”. Con cada nuevo debate muchos andaluces nos llevamos las manos a la cabeza por no poder escuchar, a lo largo de dos días de discursos, réplicas y contra réplicas, ni una sola referencia a nuestra tierra durante las intervenciones de los diferentes representantes políticos, entre los cuales se encuentran, claro está, los cabecillas de los partidos que legítimamente representan, supuestamente, nuestros intereses políticos en tan importante lugar. No pintamos nada, decimos como sorprendidos después de semejante falta de respeto al pueblo andaluz, repetida sin pudor alguno año tras año.

Hoy, que podría ser un día cualquiera de un mes cualquiera de un año de estos, aunque en realidad sea vísperas de un 4 de Diciembre, leyendo la prensa del estado, uno se da cuenta de que ese silencio no es, ni mucho menos, una mera casualidad, todo lo contrario. Bien podemos afirmar que tal hecho no es más que la constatación a gran escala de una situación que se repite día a día delante de nuestras narices y que, en la mayoría de ocasiones, cuenta con nuestra total complicidad como andaluces que somos. Entre debates sobre la crisis financiera internacional, noticias de atentados en Iraq o Afganistán, vilipendios a los gobiernos progresistas de América Latina, declaraciones malintencionadas de dirigentes del PP en contra del gobierno de ZP u otros miembros de su propio partido, las salidas de tono de José Blanco o Bono, y alguna que otra referencia a la política de la UE y los EEUU, se nos van las hojas de los principales diarios estatales sin que podamos encontrar entre sus noticias más relevantes una sola mención a la actividad política de nuestra Andalucía. Claro que si es usted andaluz y compra estos diarios en Andalucía, siempre podrá encontrar una pequeña sección central dedicada a la actualidad de nuestra tierra, pero, eso sí, contada desde el punto de vista de la ideología dominante en el diario en cuestión. Nada nuevo bajo el sol, que diría el otro. Hemos de concluir entonces, que si para leer algo sobre la política andaluza nos hemos de dirigir a los periódicos andaluces (locales o sucursales), parece totalmente lógico que para oír hablar de política andaluza nos hemos de dirigir, igualmente, al parlamento de Andalucía. No nos engañemos más, ni en la prensa estatal ni en el parlamento español la política andaluza interesa lo más mínimo. Y para colmo, en el propio parlamento andaluz hasta no hace mucho se ha venido hablando más de planes Ibarretxes y de estatuts que de la propia política andaluza.

Dicho esto, creo que fácilmente podemos llegar a la siguiente conclusión: la política andaluza, hoy por hoy, no pinta nada en el marco global del estado español. Triste pero cierto. La situación es ciertamente para reflexionar y preocuparse, analizar la causas y tratar de hacer algo para voltearlas, pero no tendría mayor relevancia de la que tiene (que no es poca), de no ser porque, encima, algunos políticos andaluces nos quieren vender la idea de una Andalucía como referente básico en la política estatal: Andalucía al máximo, nos dicen. Al máximo desconocimiento de su propia realidad, silenciada, olvidan apuntillar.

Y con este nuevo 4 de Diciembre volveremos a tener una nueva muestra de tales silencios. Se hablará de la proximidad del no sé cuanto aniversario de la constitución española, se hablará del rey y de su legado, se hablará de la memoria histórica, de Franco y hasta de la virgen de la Inmaculada. Pero del 4 de diciembre de 1977 andaluz, ni una palabra. No se hará, por supuesto, en ningún medio estatal (a diferencia de cuando llega la diada o el Aberri Eguna), pero es que ni si quiera se hará en Canal Sur, “la nuestra”. Ni documentales, ni reportajes, ni noticias, nada de nada, se admiten apuestas. Un año más en que el que para todo el andalucismo es el día nacional de Andalucía quedará sepultado en el olvido. Ninguno de los múltiples eventos que serán organizados a lo largo de toda la nación será publicitado, ni antes, ni durante, ni después del acto. Ya no estamos en 1977, es evidente. Es más, salgan ustedes a la calle y pregunten a los andaluces que ocurrió aquel 4 de Diciembre de 1977, comprobarán que el 90% de los que tengan menos de 40 años no sabrán absolutamente nada de ello. ¿Casualidad? Evidentemente no.

Eso sí, no se atrevan, ni por un momento, a comparar la situación de 1977 con la panorámica actual. No sólo son dos contextos históricos bien diferentes, si no que, además, son dos procesos sociales y culturales totalmente opuestos. En aquella ocasión se luchaba por llevar a buen puerto la transición pacífica del franquismo a la democracia, por arrancar de las manos del estado una autonomía de primera, por ser escuchados. Actualmente no se lucha por nada, nos conformamos con el silencio. En aquel momento los andaluces (los de la calle) estábamos preocupados por nuestra autonomía, hoy día todo lo que nos preocupa es saber si Sergio Ramos estará en la próxima convocatoria de la selección española, si volverá un hombre a ser capaz de ganar el concurso de las coplas de Canal Sur, si los vascos y catalanes siguen empeñados en romper la unidad de España o si volverá a llover en la próxima feria de nuestro pueblo y/o ciudad. Pero de política andaluza, nada de nada.

Por eso en aquellos tiempos en el congreso de los diputados se habló andaluz y se defendió con uñas y dientes la conversión de Andalucía en nacionalidad histórica, la prensa estatal hablaba casi a diario de política andaluza y lo que ocurría aquí se seguía con interés por el resto de España. Y por eso, precisamente por eso, porque los andaluces estamos más preocupados por la política estatal que por la autonómica, actualmente en el congreso de los diputados no se habla de Andalucía, en la prensa estatal no se hace ninguna referencia a la política andaluza y en el resto de España ni se enteran de que aquí también habitamos gente que está dispuesta a darlo todo por defender los intereses de Andalucía. El andalucismo ha muerto para España, luego de haberse hecho el haraquiri en Andalucía. Todo un gozo para quienes quieren una Andalucía servicial y obediente, sumisa a los intereses del estado y anclada en la mediocridad política. Un dolor de cabeza menos para los amos de España, burguesía vasca y catalana incluida, por supuesto. Ellos, a diferencia de nosotros, si saben bien aquello de que el día que Andalucía grite, a España le revientan los oídos.

Entre tanto, el futuro no puede pintar peor. Leía recientemente en la prensa (que para esto sí que nos sacan) que se espera que el paro aumente hasta el 20% en los próximos meses. Un 20% nada menos, una cifra que marea sólo de leerla. Ignoro si habrá algún otro territorio en eso que llaman “el mundo desarrollado” que alcance semejantes niveles, pero lo dudo mucho. Son cifras más propias de un país del denominado “tercer mundo” que de una tierra que va ya, según nos han dicho, por la tercera o la cuarta “modernización”. Ante tal panorama, seguramente volverán los años de la emigración, si es que alguna vez se fueron. Porque ¿Quién, siendo andaluz de nacimiento, y teniendo entre 20 y 30 años, no conoce varios casos de personas de su entorno que tuvieron que abandonar su tierra natal para buscarse la vida fuera de Andalucía? Pero como no se fueron hacia Alemania, sino hacia Cataluña, Baleares, Madrid o la comunidad Valenciana, no cuentan como emigrantes. Tal vez ahora, que amenaza con venir un aluvión en masa de salidas forzosas, tengamos que volver a contabilizarlos como tales. Ya me dirán ustedes que otra salida queda ante el millón de parados que se prevé a medio plazo.

Pero los andaluces seguiremos encantados con el campeonato de Europa de fútbol que recientemente ganó España en Austria. Todos nuestros equipos de fútbol más representativos seguirán con la moda de poner la bandera roja y gualda en algún lugar de su camiseta, y los nacionalistas andaluces seguiremos siendo tachados de etarras y amigos de los terroristas, como de costumbre.

20% de paro, entérense, que España vuelve a necesitar mano de obra barata, para limpiar las casas, cuidar a los niños, trabajar los campos, llenar los puestos vacantes en los hoteles de temporada para limpiadores y otros menesteres, servir paellas, cocidos y butifarras. Y no están los tiempos para dejar entrar más negros/as, mulatos/as o latinos/as. Los andaluces/zas, por nuestra propia tradición, nos sobramos y nos bastamos para tales efectos.

En fin, aunque me he enrollado en exceso, en realidad sólo quería decirles que otro 4 de Diciembre se nos va a los andaluces entre silencios y llantos, entre olvidos y ocultaciones, entre paro y emigrantes, entre políticos traidores y entre medios de comunicación vendidos a la burguesía andaluza-española-vasca-catalana. Y esto lo he escrito hoy, vísperas del 4 de Diciembre de 2008, pero podría haberlo escrito cualquiera de los 4 de Diciembre de los últimos 25 años, y hubiera sido, poco más o menos, exactamente lo mismo.

Hace ya muchos años que los andaluces vivimos en constante silencio y olvido.

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Nueva victoria de la oposición liberal-democrática en América Latina

El mundo gira, los días pasan, la vida sigue su curso. 2008, sin duda, está siendo un gran año para aquellos que de verdad creemos en la libertad y la democracia en América Latina. Después del “empate técnico” en Bolivia y la victoria en Guayaquil del pasado septiembre (que demostraba la evidente división nacional del Ecuador), ahora le ha tocado el turno al zarpazo venezolano. Nuevamente los pueblos vivos de América Latina han sabido estar a la altura de las circunstancias históricas por las que transitan, dándole la espalda a eso que algunos se han empeñado en llamar el “Socialismo del siglo XXI”, como si por cambiar de siglo alguna cosa pudiese realmente cambiar en esa ideología totalitaria, liberticida y desestabilizadora.

Hoy es un buen día, como digo, para los amantes de la libertad y la democracia. La mancha azul se expande imparable por Venezuela. De 22 estados en litigio, un total de cinco (sin rimas, por favor, no ofendan a mi moral) han caído en manos de los candidatos de oposición al tirano Chavista. Cinco estados, sobre decirlo, de los más poblados del país, amen de ser estratégicamente claves en el sistema productivo nacional. Todo un mazazo para las aspiraciones dictatoriales del Caudillo de Miraflores.

Eso sí, también hay que decirlo, en donde hemos ganado los opositores, sólo en un estado (Nueva Esparta) hemos conseguido superar el 55% del voto emitido, siendo, además, el único estado donde hemos conseguido obtener una ventaja electoral superior a los diez puntos porcentuales respecto del candidato oficialista. De los restantes estados donde hemos conseguido salir victoriosos, dos de ellos, de los que nos sentimos especialmente orgullosos (Zulia y Miranda), apenas si los conseguimos ganar por algo menos de seis puntos porcentuales, y los otros dos restantes (Táchira y Carabobo) por unas diferencias tan mínimas que hasta última hora de la madrugada venezolana no se pudo saber de que lado caería definitivamente la gobernación. En cualquier caso, incluso en aquel estado donde hemos arrasado, el candidato chavista no ha sacado menos de un 41% del voto emitido.

Y eso sin nombrar lo que ha ocurrido en aquellos lugares donde hemos perdido las respectivas gobernaciones. Ya lo comentó el Tirano en su comparecencia ante los medios en la noche de ayer, pero no está de más recordarlo. En dos de estos estados hemos perdido por una diferencia de entre cero y diez puntos, nunca inferior a cinco. En siete estados más lo hemos hecho por una diferencia de entre diez y veinte puntos porcentuales. En otros cinco la diferencia ha estado entre los veinte y los treinta puntos, aunque, siendo sinceros, en realidad todos ellos tenían un margen mínimo del 28%. Por último, en los tres estados restantes se han llegado a superar los treinta puntos de margen entre ellos y nosotros. Además, en diez de estos rincones nuestro candidato más votado (pues en algunos casos íbamos divididos) se ha quedado por debajo del 40% del voto, con porcentajes de entre el 10 y el 30% en no pocos de ellos.

Todo esto hace, en suma, que, según las proyecciones que se vienen barajando por los diferentes medios y partidos políticos, el voto por los candidatos del dictador de Miraflores oscile entre los cinco millones trescientos mil (5.300.000) y los seis millones (6.000.000), mientras los nuestros, en las proyecciones más optimistas, no superan en ningún caso los cuatro millones trescientos mil (4.300.000).

Lo que se demuestra con estos datos, al fin y al cabo, es lo que muchos hace ya bastante tiempo que venimos sabiendo: que el chavismo ha tocado techo. Nuestra masa electoral, en cambio, se mantiene al alza. Y no porque seamos o no capaces de crecer en número de votos, que eso al fin y al cabo es secundario, sino por la tremenda variabilidad de nuestro electorado. Lo mismo movilizamos a los estudiantes de las universidades privadas para un referéndum, que a los ciudadanos de Caracas y sus zonas de influencia, acosados por el hampa, para unas elecciones regionales. Lo mismo movemos a una clase media asustada ante la posibilidad de perder sus coches y casas con el comunismo que se quería implantar tras el pasado dos de Diciembre, que a ciudadanos desencantados con el quehacer oficialista en unos determinados estados y municipios otrora en manos del chavismo y que han visto estas elecciones regionales como “agua de mayo”.

No crecemos en número de votos, incluso perdemos según parecen indicar todas las proyecciones, seguimos moviéndonos en márgenes de entre un 60 y un 65% de apoyo popular y electoral a las políticas del tirano, pero sabemos que en una de estas, más temprano que tarde, todos esos factores, estudiantes y clases medias asustadas, ciudadanos compungidos por la inseguridad y votantes hastiados por el mal hacer de sus dirigentes oficialistas, convergerán por fin en nuestro proyecto y conseguiremos acabar con esta obscura pesadilla social-fascista-neo-comunista. ¡Que nadie piense que los cuatro millones de votantes opositores que ayer ejercieron de manera sabia su deber, son esos mismos cuatro millones de venezolanos que brindaron con champán francés y vino español cuando la renuncia voluntaria del caudillo en abril de 2002!, ¡Que nadie piense que son los mismos! El crecimiento es imparable.

Pero además, es que nada de esto debe tener la más mínima importancia. Al fin y al cabo, a diferencia de otras consultas pasadas, lo que se votaba no era la elección, reelección o continuidad del dictador, sino el reparto de la tarta de poder a nivel local y regional. Y aquí es donde realmente nos hemos hecho fuertes; fuertes en eso que ahora se llama la geometría del poder.

El primer dato importante es que hemos pasado de ganar dos estado en las pasadas elecciones regionales de 2004, a ganar cinco en las actuales. Que no nos quieran ahora vender la moto de que ciertos estados ganados por el chavismo en 2004 habían pasado a lo largo de la legislatura a manos de la oposición, que eso no hay quien se lo crea. Los votos son los votos, y se vota por proyectos políticos, no por personas. En 2004 los ciudadanos de algunos de estos estados votaron por el chavismo liberticida, hoy han votado por la democrática oposición. Poco importa incluso que en algunos casos los candidatos otrora chavistas hoy lo fuesen de la oposición. Además hemos conseguido ganar dos estados que están fuera de toda duda: el estado Miranda y el estado Táchira. En este último con un espectacular vuelco respecto de los anteriores comicios que bien pudiera adelantar la tónica general que seguirá todo el país en las próximas elecciones presidenciales. Ahora somos más fuertes que nunca antes (en estos diez últimos años de pesadilla roja-rojita, se entiende), controlamos el poder en casi todos los grandes estados según población, toda el área de influencia Caraqueña, y, lo que más nos gusta, los puntos estratégicos en cuanto a economía y sistema productivo se refiere: el Zulia con su petróleo y Carabobo con su puerto. Lástima que aún hoy esto no signifique poder controlar directamente el acceso a esos recursos, pues, en caso contrario, probablemente nos daríamos plenamente por satisfechos, e incluso podríamos ablandar nuestros modos en la oposición, pero todo se andará, para algo tenemos cuatro largos años por delante.

Eso sí, con estos resultados ya podemos empezar a construir nuestra propia media luna, caballo de lanza contra el gobierno que los medios internacionales puedan vender al mundo como la representante de “media Venezuela”. ¿Es o no es un gran triunfo tal hecho? Lo dicho, avanzamos imparables.

Pero, sin duda, si sentimos especial alegría por alguna de tales victorias, como se pudo demostrar por los gritos de júbilo que algunos periodistas emitieron en plena sala a medida que el CNE iba haciendo públicos los resultados, es, sin duda, por nuestra victoria en el estado Miranda. Y es que, hemos de decirlo, no es fácil logra sacar ganador a un personaje con el pasado político de nuestro candidato allí. No sabemos bien quién fue el que apostó por esa carta, pero le ha salido redonda. No sólo hemos ganado el estado, algo ya de por sí maravilloso, sino, lo que es más importante, hemos demostrado que el asalto violento a embajadas extranjeras en pleno golpe de estado fascista, no es algo de lo cual uno tengo que arrepentirse, pues no empaña en absoluto el talante liberal y democrático de la persona en cuestión. Así lo ha reconocido el pueblo, un pueblo que es soberano, respetuoso, sabio y democrático cuando vota por los nuestros.

La otra gran alegría, como ya sabrán, nos la hemos llevado con nuestra victoria en el Distrito Capital-Alcaldía Metropolitana. Después de cuatro largos años en manos del oficialismo tiránico, por fin vuelve a nuestras manos lo que nunca, en verdad, hubo dejado de ser nuestro para nuestras consciencias. El control de las fuerzas de orden público en un lugar tan señalado del país, como ya vimos, puede llegar a ser clave en según que momentos y para según que circunstancias. Era demasiado doloroso renunciar al control de tal arma de presión y acción política directa sobre Miraflores y su entorno. Pero ya el mal trago pasó, y nuevas expectativas de “movimientos populares” se abren ante nuestros ojos. Por fin podremos luchar nuevamente contra el hampa. Pero no el hampa que mata a los hijos e hijas de trabajadores en las calles, sino contra el verdadero crimen organizado, el verdadero peligro, el que nos roba a todos y todas, el que nos mata a todos y todas: el hampa con camisas rojas que habita en Miraflores. ¡Ándese con ojo señor Chávez!

Otro dato curioso, frecuentemente poco mencionado por el periodismo internacional, mucho menos por el periodismo venezolano, son las relaciones que se dan a nivel interno entre los miembros de la oposición. Y no nos estamos refiriendo a esas diferencias ideológicas que han acabado a tortas en algún que otro rincón del país. Tampoco a las diferencias entre los candidatos en pugna antes de que oficialmente se anunciase un nombre de cierto consenso. Sino a las diferencias entre los candidatos ofertados y sus votantes. Imagínense, por ejemplo, después de todo lo que ha caído en España durante los últimos años, que un nuevo movimiento político, autoproclamado revolucionario, llegase al poder en 2012. Imagínense entonces, que, para futuras contiendas electorales a nivel local, miembros del PP y el PSOE decidiesen sumar fuerzas para hacer un frente común ante el posible triunfo de esa nueva fuerza política. Imagínense, sin ir más lejos, que para ganar la comunidad autónoma de Madrid tal coalición electoral presentase de candidato a José María Aznar, o a Esperanza Aguirre, si lo prefieren. Y en Cataluña presentasen a Maragall, en Andalucía a Chaves, en Euskadi a Mayor Oreja, en Galicia a Manuel Fraga y en Canarias a López Aguilar. Imagínense entonces que los ahora votantes del PSOE en Madrid pasasen de repente a votar por Aznar o Aguirre, los votantes del PSE en el País Vasco a votar por Mayor Oreja, los votantes del PSG a votar por Fraga, y así sucesivamente: votantes del PP en Andalucía, Cataluña o Canarias pasasen de repente a votar por Chaves, Maragall y López Aguilar. ¿Difícil de imaginar, no? Pues algo así es lo que ha pasado en Venezuela desde la llegada al poder del tirano demente de Miraflores.

Como ya sabrán, antes de la llegada de Chávez al poder, como ocurre en toda democracia capitalista de calidad que se tercie, en Venezuela existía de facto un modelo político bipartidista donde dos grandes partidos políticos se alternaban periódicamente en el poder del estado (lo que ahora se conoce como IV República), un modelo donde las diferencias políticas se limitaban a los contenciosos internos, salvaguardando en todo caso, como no podía ser de otra manera, el glorioso sistema capitalista. Acción Democrática (AD) -de tendencia supuestamente social-demócrata- y Comité de Organización Política Electoral Independiente (COPEI) -de tendencia demo-cristiana-, vendrían a ser en aquellos maravillosos años lo que PSOE y PP en la España de la actualidad, con las evidentes diferencias entre unos y otros sistemas políticos (aunque de alguna manera a los españoles el pacto de punto fijo venezolano pueda recordarles al llamado “consenso de la transición” ahora tan de moda por aquellas tierras). Pero con la llegada de Chávez todo cambió. El magnífico modelo venezolano de la IV república se vino abajo por los caprichos personalistas y dictatoriales del tirano, y así, las fuerzas democráticas, extremadamente debilitadas tras aquel cambio, nos vimos en la obligación de unir fuerzas en contra del gobierno opresor y sus redes afines en lo local y lo regional. Y nuestros votantes supieron entenderlo a la perfección, sin traumas ni contradicciones, sin dimes ni diretes.

Dejando atrás las viejas rencillas, todos nuestros antiguos votantes supieron subirse al carro de la oposición en bloque. En estas elecciones regionales, sin ir más lejos, de nuestros dos ganadores estrellas, el candidato ganador de la Alcaldía Metropolitana, Antonio Ledezma, proviene de las filas de AD, mientras el ganador del estado Miranda, Henrique Capriles Radonsky, proviene de la esfera de COPEI. También el ganador en Zulia inició su aventura política en las filas de AD, el ganador en Táchira es militante de COPEI y así sucesivamente.

Realmente, como digo, es digna de alabar esta capacidad de los votantes tradicionales de estos partidos para mutar su voto por un candidato antaño del partido “odiado”, siempre en pos de la gloria del país. Sin rencillas ni malos rollos, sin odios ni resentimientos, simplemente con un objetivo claro y virtuoso: acabar con el chavismo, devolver el país a manos de la democracia, la libertad y el capitalismo. Son en cosas como esta, sin duda alguna, que se demuestra lo escrito por un prestigioso diario inglés, anoche parafraseado por el tirano, sobre la “vibrante democracia venezolana”.

Vibrante porque, a pesar de los empeños del dictador por acabar con ella (entre otras tácticas con la continua convocatoria de consultas populares y procesos electorales para conseguir así desvirtuar el verdadero sentido del voto pasivo cada cuatro años propio de toda democracia verdadera que se precie), a pesar de tales empeños, sigue viva y dando señales de fuerza desde lo más hondo del sentir político de todos esos militantes y ex militantes, votantes y ex votantes, de aquellos partidos otrora enfrentados y actualmente unidos en un mismo objetivo. ¿O no sería vibrante la democracia en el estado español si algún día votantes del PP y el PSOE, militantes del PP y el PSOE, incluso nacionalistas moderados del tipo CIU y PNV, dejasen atrás sus viejas disputas y diferencias para votar en común a candidatos de unos y otros partidos en pos de un proyecto mutuo en defensa de la democracia, la libertad y el capitalismo en España? No me cabe la más mínima duda de que, si algún día llegase a ser necesario, así lo harían. Y como muestra un botón: el trato que todos ellos otorgan al gobierno tirano que actualmente nos oprime en Venezuela, amen del trato hacia otros gobiernos del estilo en otros puntos de nuestra querida América Latina.

Eso sí, entre tanta buena noticia que se desprende de nuestra nueva victoria en pos de la libertad y la democracia en América Latina, como ya ocurriese también con nuestro empate-victoria en Bolivia o nuestra victoria en Guayaquil-Ecuador, hay un hecho, bastante triste, que hemos de mencionar: la elevada tasa de participación electoral del pueblo. No es que no nos guste que la gente vote, no, simplemente es que nos gusta que vote la gente culta e instruida, la gente formada e ilustrada, la gente sabia y con una mente preclara. Es decir, nos gusta que vote la gente que vota por nosotros. Y en un contexto así, como se está viendo, ocurre todo lo contrario. Millones de personas incultas, sin la formación necesaria, analfabetos funcionales incluso, se empeñan en votar, y, cómo no, lo hacen por el chavismo, por Evo Morales o por Rafael Correa.

Más nos valiera volver a quitarles la cédula de identidad a estos señores y, como antaño, dejarlos sin derechos políticos ni espacio alguno para la participación democrática. Más nos valdría. Eso sí que serían unas elecciones verdaderamente limpias, donde sólo la gente preparada podría influir sobre el devenir del país, donde el resultado final fuese el verdadero sentir del pueblo venezolano, y no estos procesos pseudo-democráticos donde la palabra de cualquier indio, de cualquier negro, de cualquier borracho indigente, vale lo mismo que la mía, por ejemplo. No hay derecho hombre, no hay derecho.

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Diálogo con un borracho esquizofrénico

Nunca olvidaré la mirada de aquel hombre, de cara avinagrada y sonrisa codiciosa, que un buen día me crucé en la calle, por una de esas extrañas jugadas del destino. ¡Mírame a los ojos, te aseguro que en Iraq hay armas de destrucción masiva!, me dijo. Aquella frase me dejó profundamente intrigado, tanto que no dudé en sentarme a conversar un rato con él, pues era evidente que un oscuro mundo psicótico se escondía tras aquel rostro de viejo borracho. Un mundo en el cual tal vez mereciera la pena entrar, aunque sólo fuese para comprender hasta que punto la mente humana puede llegar degenerarse cuando la frontera entre la realidad y la ficción autogenerada acaba completamente por derrumbarse.

Le creo, le creo, le contesté, y, agradado por la confianza que le estaba mostrando, aquel borracho no dudó en abrirse ante mí, al punto de que comenzó a contarme algunas de sus viejas batallas vitales. Cuesta saber cuáles eran fruto de la verdad, y cuáles fruto de su acentuada esquizofrenia, pero sin duda valía la pena malgastar algunos minutos de mi valioso tiempo para escuchar las cosas que aquel hombre completamente ebrio quería relatarme.

Me contó que había nacido en una familia acomodada allá por los años 50, y que de pequeño había sido educado en un colegio religioso sólo apto para unas pocas élites de la época. Al parecer, ya desde muy joven comenzó a sentir cierta inclinación por la política, tanto que a los 16 años había publicado un artículo en no se qué revista auto-declarándose falangista. También me dijo que en alguna ocasión había asistido vestido con su camisa de falangista al colegio en el cual tomaba sus clases. Sinceramente, todo aquello me aburría sobremanera, así que decidí apretarle un poco las tuercas para ver si aquella conversación podía dar un poco más de sí. ¿Y qué opina usted de España? Le pregunté.

¡Ah España! Es un país corrompido por los rojos y el separatismo, es un país que continuamente corre riesgos de desintegración y balcanización, riesgos de volver históricamente a las andadas, no es un país actualmente para gente culta e instruida como yo, me contestó.

Lo sorprendente es que, una vez me decía estas cosas, su acento denotaba un extraño tono que resultaba bastante curioso, un tono como el que suelen emplear aquellos extranjeros de habla inglesa que comienzan a chapurrear algunas palabras del castellano. Aquel hombre, que me había confirmado ser español de nacimiento, me hablaba en su propia lengua con el acento de un guiri cualquiera de la playa de Benidorm. ¡Será cosa del alcohol!, pensé. Y el caso es que segundos antes había sido él mismo quien se había presentado como políglota.

Acto seguido comenzó a explicarme algunas anécdotas de la historia de España. Es muy interesante ver que mucha gente en el mundo islámico reclama que el Papa pida perdón por haber acusado al Islam de ser una religión violenta, pero no oigo a ningún musulmán que me pida perdón por conquistar España y estar aquí ocho siglos, me dijo. Y no pienses que esto que te cuento es un tema baladí, no pienses que todo esto no tiene ninguna repercusión en la actualidad, porque sí la tiene, y mucha, prosiguió. El problema con Al Qaeda en España, por ejemplo, no empezó con la crisis iraquí, sino que viene desde que España rechazó ser un trozo más del mundo islámico cuando fue conquistada por los moros. ¡Es por eso que España está y estará siempre en el punto de mira de los terroristas islámicos! Claro, que esto hace que luego ocurran cosas, por ejemplo, como que los de la ETA cometan el atentado más grande la historia de España, y los españoles van y se empeñan en culpar a Al Qaeda de la matanza, pero ya le digo yo que los que realizaron el 11-M no están en desiertos remotos, ni en montañas lejanas. Pero, a pesar de esto que le digo, no nos dejemos engañar, no hay peor amenaza que los islamistas. El terrorismo islamista es una amenaza existencial, y con esta gentuza el apaciguamiento nunca funciona, hay que tener mano dura, hay que llamar a las cosas por su nombre: los islamistas son el mayor peligro del mundo.

Y así fue soltando, una tras otra, toda una serie de apreciaciones que sin duda alguna dejaban ver que aquel hombre no sentía por el mundo islámico un amor profundo precisamente. El tema me interesaba, y no podía dejar pasar la oportunidad de investigar un poco más en todo aquello.

Veo que los musulmanes no parecen ser muy de su agrado, le espeté, esperando que con aquel comentario el viejo borracho se soltase definitivamente la coleta y me hablase sin tapujos del tema.

¿Los musulmanes?, ¿y cómo me van a agradar los moros? Ya le digo que aún no nos han pedido perdón por haber invadido durante 8 siglos mi querida España. ¿Pero qué se puede esperar de una raza que no es capaz de apreciar las bondades del vino?, me preguntaba irónicamente mientras reía a carcajadas. Además, supongo que no hace falta que le diga que la civilización occidental ha demostrado sobradamente ser superior a cualquiera de las otras habidas y por haber. Yo creo en Occidente, nuestra civilización, que es mejor que las otras y estoy dispuesto a defenderla, ¡Hemos de recuperar los valores cristianos!

Supongo entonces que no estará usted a favor de la alianza de civilizaciones, ¿no? Volví a preguntarle para ver hasta que punto el viejo borracho estaba convencido de lo que hablaba.

¿Alianza de civilizaciones? ¡Pero qué cuento es ese!, respondió. El multiculturalismo divide y debilita a las sociedades, no favorece la tolerancia ni la integración y es probablemente el problema más complicado de España y de Europa en la actualidad. Yo no creo en la alianza de civilizaciones, no puedo creer en milongas de ese tipo que la historia ha demostrado que no sirven para nada, yo creo en la superioridad moral de la civilización occidental, creo, por tanto, en la alianza de los civilizados. En eso creo.

Tras decir esto, el hombre volvió a dar un trago a su cartón de vino, y mirándome fijamente a los ojos volvió a decirme: ¡Créame, en Iraq hay armas de destrucción masiva! Ahí ya comprendí que era precisamente ese uno de los temas que más le perturbaban la consciencia.

Ya le digo que le creo, le creo, aunque todas las evidencias e investigaciones posteriores a la invasión no han sido capaces de demostrarlo, pero yo lo creo. Le contesté nuevamente por miedo a perder su confianza y que aquel hombre dejase de hablarme.

¡Perdone, no me haga caso, hay veces en que digo cosas que no pienso realmente, me sale de dentro!, me dijo entonces con cierto tono de arrepentimiento.

Evidentemente eran claras manifestaciones de su esquizofrenia, pero yo quise pasar por alto el asunto y continuar con la charla. ¿Y qué opina usted de Iraq entonces?, agregué acto seguido para tratar de aprovechar aquel pequeño momento de lucidez que parecía haber tenido.

¡Pues que le voy a decir, lo que todo el mundo sabe!, Que la situación en Iraq es muy positiva. Es cierto que no todos los problemas están resueltos, pero la vida de los iraquís es más fácil que con Sadam. Pueden participar en elecciones, hablar libremente. Existe libertad, la posibilidad de establecer una democracia, mayor seguridad, ¿qué más quieren? La intervención era necesaria, había razones fundadas que demostraban que Iraq era una amenaza para la paz y la seguridad internacional, no quedaba más remedio, por el bien de la humanidad, que realizar aquella invasión. Y aunque algunos trataron de hacernos creer lo contrario, el tiempo se ha encargado de demostrar que aquello era necesario. Pero en fin, para que usted vea como son las cosas, también hoy en día hay quienes dicen que el calentamiento global y el cambio climático son consecuencia de la acción del hombre, y no por eso les hacemos caso ¿no? Créame, no podemos hacer caso de las majaderías que se le ocurran a cualquier chiflado.

Ah bien, por lo que veo, entonces, es usted de la opinión del señor Bush de que la guerra de Iraq es justa, noble y necesaria, volví a preguntarle. En ese momento pude observar como aquellos ojos empapados de alcohol se iluminaban como estrellas fugaces.

¡Por supuesto, por supuesto!, ¿cómo no voy a estar yo de acuerdo con las palabras de ese gran hombre? Bush ha sido el mejor líder que ha dado la humanidad desde que Pinochet dejase el cargo de presidente, y uno de los mejores de toda la historia política de la humanidad. Desde que él llegó al poder en los Estados Unidos vivimos en un mundo mucho más libre, su política ha sido todo un acierto,él ha contribuido intensamente en defensa de la causa de la libertad, su visión y su determinación han sido fundamentales, ahora se puede votar en países en los que antes era imposible, hay menos dictadores y menos gobiernos que colaboran con los terroristas. Y no debemos olvidar que nuestra seguridad, nuestra democracia y nuestra prosperidad dependen de Estados Unidos. Eso sí, con la buena forma física que tengo yo, dudo mucho que el señor Bush pudiera ganarme en una carrera, acabó por decir entre intensas carcajadas mientras daba el último trago a su moribundo cartón de vino.

En este momento me salió la vena más izquierdista que llevo dentro y ya no pude aguantar más. Enfadado a más no poder me levanté de un salto y le dije: si tan libre es el mundo de hoy, ¿por qué no coge usted a su familia y se va a vivir a uno de esos maravillosos paraísos de la libertad y la democracia que nos ha dejado el señor Bush para la posteridad? Automáticamente el hombre cambio su rostro y su enfado se hizo patente. Pero ya no pude contenerme. ¡Hágame el favor señor mío, coja usted a su mujer e hijos y váyase de una vez a vivir a uno de esos maravillosos lugares!, pero, eso sí, ¡no se vaya usted sin sus pastillas, que le hará falta tomárselas!

Para mi sorpresa aquello último que le dije fue lo que más le ofendió de todo, mucho más incluso que mi invitación a marcharse a vivir a tierras afganas o iraquís.

¡Oiga, yo no sé quién se ha creído que es usted!, ¡pero a mí nadie me dice que es lo que tengo o no tengo que hacer!, ¡yo soy un liberal y hago lo que me dé la gana!, terminó por decirme mientras se marchaba dando tumbos de un lado para otro de la calle.

Y aquí terminó nuestra charla, yo me fui convencido de que haber escuchado a aquel hombre me había servido para reconocer cuales son los peligros de beber demasiado vino en horas de trabajo, pero estoy seguro de que a él todo aquello no le había causado el menor impacto, no siendo más que una de las muchas conversaciones que su evidente esquizofrenia paranoide le hacían tener, de cuando en cuando, con cualquiera que se acerque a su lado. Una más entre muchas.

Ah, por cierto, me he olvidado comentar que este hombre también me dijo que tiempo atrás llegó a ser presidente del gobierno, pero, sinceramente, aquello me costó mucho trabajo creerlo. Todos sabemos de buena tinta que el sistema sanitario español no tiene entre sus prioridades el cuidado de la salud mental de sus ciudadanos, pero de ahí a creer que millones de personas pudieran haber votado a un personaje de semejante calaña, va un trecho. Aunque supongo que eso ustedes ya lo habrían dado por supuesto. ¿O no?

www.pedrohonrubia.com

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El viaje


Partamos de viaje, compañero.

Sin mapas, sin brújula, sin senderos.

Caminemos al paso que nos marque

El corazón. Transitemos por la iluminada

Ruta de la razón. Sin más mochila a

La espalda que la experiencia venidera.

Sin más carga que el devenir, compañera.

Hagamos mundo al andar.

Sembremos la tierra con semillas nuevas.

Dialoguemos con la vida de tú a tú,

De padre a hijo, como habla el artista

Con su obra mientras la crea.

Partamos de viaje, compañero.

Desnudos.

Dejemos atrás la incómoda ropa que nos

Quisieron heredar nuestros padres, nuestros

Abuelos.

Ya no somos niños. No somos infantes.

Somos algo más que sus hijos.

Algo más que sus nietos.

Somos como el agua que fluye montaña abajo,

Limpia de toda piedra, de todo objeto.

Andemos pues, compañera.

Partamos ya, compañero.

No lo demoremos más.

Recorramos juntos el camino.

Tú por tu lado.

Yo por el mío.

Unidos en una misma realidad,

Pero orgullosos de estar separados

Por nuestras propias variables dentro

De la diversidad.

¡Andemos!, que el futuro nos espera.

No hay fronteras, ni muros.

Ni ropajes, ni mochilas.

No hay camino, no hay barreras.

Hay mundo. Sólo mundo.

Un mundo por crear, como

Hace el poeta.